Miedo en la ciudad

Miedo en la ciudad

Teatro Espontáneo: un espacio de creación colectiva para la convivencia pacífica y la seguridad ciudadana.

Un frío 9 de julio de 2010, a eso de las ocho y media de la noche, un grupo de artistas de la fundación SaludArte y un grupo de personas que pasaron primero por el rol de público, pero luego se convirtieron en narradores y actores, se reunieron en la Sala Mario Benedetti, de la Casa del Autor, para hablar del miedo.

La actividad, organizada por la Red Cultural del Mercosur, se abrió con palabras de la directora de SaludArte, Rasia Friedler, quien nos propuso ver y crear un espectáculo participativo, con temáticas que nos atraviesan a todos, tales como el miedo y la violencia.

Rasia llamó la atención sobre el hecho de que el miedo es algo de lo que a menudo no se habla, y lo que haríamos entonces en ese espacio sería subvertir tal pauta, compartir, público y actores, cosas que nos suceden a nivel personal, afectivo, y crear, con ellas, una obra colectiva. Así, los actores fueron los primeros en romper el hielo, uno a uno, vestidos de negro, en un pequeño escenario poblado únicamente por unos cubos de madera y un perchero donde había algunas telas de colores. Se presentaron y compartieron con el público experiencias personales donde el común denominador era el sentimiento de miedo, de temor, o de violencia.

Ya desde el primer momento, las fronteras entre actores y público se fueron diluyendo, lo que luego se iría acentuando. Los actores parecían no actuar, se mostraban como personas cercanas, con sus nombres reales, contando sus verdaderos sentimientos y experiencias con respecto al tema. De este modo, la cercanía y la calidez se hacían cada vez más fuertes. José, Rodrigo, Andrea, Paola, Lorena, María Noel y finalmente Rasia, compartieron con el público algunos hechos que les habían sucedido, donde habían sentido miedo, o violencia. Con cada experiencia se fueron construyendo pequeñas escenas que ellos mismos improvisaban, donde la nota de destaque era el humor. La gente empezó a descontracturarse, a desacralizar un tema que muchos sentimos como tabú, a ver que también en ese lugar, el humor puede hacer su labor clave como impulsor de salud y de placer.

Si bien parecería que en el tema de la violencia las primeras situaciones que se nos ocurren son aquellas en las que hemos sido víctimas, ya desde el escenario, con la historia de María Noel, se abrió la posibilidad de pensar y vivir estas experiencias desde distintos lugares. La actriz contó que por un tiempo trabajó en encuestas, con su madre y su tía, y uno de los trabajos que le encomendaron fue el de realizar una en la Colonia Berro. Leyendo y escuchando las preguntas pautadas por la encuestadora hacia los chicos internados, María Noel contó que algunas preguntas le resultaron sumamente violentas; por ejemplo, si alguna vez habían sido violados o cuántas veces habían cometido homicidio. Los actores, a través del humor, representaron la situación con gran tacto y atino.

Por último, Rasia contó una experiencia laboral, que le sucedió cuando trabajaba como psicóloga en selección de personal, donde tuvo en sus manos un currículum de una persona con antecedentes penales y lo descartó precisamente por ese motivo. Luego, con el transcurso del tiempo y con mayor conciencia de la necesidad de que las personas que han estado presas puedan reinsertarse en la sociedad, pudo percatarse y reflexionar acerca de la discriminación que ella misma había ejercido en aquel momento. Después de contar su historia, se dirigió al público preguntándole por sus sentimientos, sensaciones, por cómo habían vivido las historias y de qué forma se sentían afectados por el tema.

Desde la sensibilidad que despierta el arte, la gente se fue animando espontáneamente a compartir con los actores y con las personas presentes distintas emociones e historias para elaborar una obra en conjunto.

La primera en animarse fue A. C., quien compartió una experiencia que le sucedió trabajando con personas con VIH, y en un diálogo que Rasia facilitaba, fue descubriendo que el miedo que sentía venía por el lado de ser contagiada. De esa forma Ana Claudia fue la primera que se animó a aportar el “guión” que los actores interpretaron, tomando como sustrato esencial la experiencia que había compartido.

La segunda persona que emergió del público para contar su historia fue la señora S., quien preside una asociación de apoyo a personas bipolares, padeciendo ella misma el trastorno.

Rasia la invitó a pasar al improvisado escenario, y desde allí, S. compartió con todos sus preocupaciones y emociones, siendo el miedo la primera sensación que aparecía tras el diagnóstico. Así, tras una conversación en la cual pudimos percibir su necesidad de informar y concientizar sobre las características del padecimiento, S. eligió los actores que representarían su historia, protagonizada por la persona bipolar y su entorno: familia, psiquiatra, pareja. Bajo el título “No sé qué me pasa y a veces no sé quién soy”, la obra abordaba temas como la distancia que el médico imponía al diagnosticar la bipolaridad, la lejanía con que la trataba la familia, y otros, siempre con la impronta humorística, aportando un granito de arena para transformar esa situación de distancia, incomprensión y aislamiento que aquejaba a la protagonista, y a muchas otras personas en su situación. Rasia destacó el acto de generosidad que significó el testimonio de S., quien se animó a compartir sus sentimientos y miedos con todo el público presente, que se sensibilizó más aún a partir de la escenificación de esa vivencia tan personal.

Después de esta escena, D. y E., dos estudiantes de Medicina que emergieron del público, compartieron, por separado, experiencias similares. De esta forma, las historias siguieron la línea comenzada con las historias de María Noel y Rasia, en que las dos se habían pensado y mostrado no desde el lugar de víctimas sino desde otro lado, más cerca del victimario, si cabe hablar en esos términos, en situaciones que por complejas parecen no admitir esos maniqueísmos y hasta mostrarlos inoperantes.

D., con su obra “La violencia engendra violencia” y E. con “La violencia en el consultorio”, compartieron situaciones que les había tocado vivir, donde habían actuado de forma agresiva con pacientes o fueron testigos de situaciones de violencia del médico hacia el paciente, y pudieron reflexionar sobre eso, siempre desde la sensibilidad y el humor característicos de las actividades que propone SaludArte.

Para estas pequeñas grandes obras, se amplió la consigna de participación colectiva, pasando E. y J., también integrantes del público, a actuar en ellas.

Para finalizar, los actores se juntaron en un círculo, y con el sonido improvisado de Fernando, el músico de la compañía, hicieron un resumen artístico de lo que se había vivido y creado esa noche.

A lo largo del espectáculo, se generó un clima cálido y humorístico, donde las experiencias personales afloraron espontáneamente, se pudo enfrentar el miedo desde distintos lugares, y se mostró cómo en ese proceso artístico que todos los presentes construimos y vivenciamos, existe un invalorable medio de transformación y expresión de miedos, ansiedades, temores que, al compartirse con otros, van generando una fuerte base para el bienestar personal y comunitario.

Fundación SaludArte
Compañía de Teatro Espontáneo
Dirección: Rasia Friedler
Artistas: Lorena Cánepa, José Capelán, Andrea Domenech, Paola Katz, Rodrigo Peña, María Noel Rosas.
Músico: Fernando Espasandín
Registro audiovisual: Francisco Tapia

Crónica: Paula Simonetti
Descargar

Últimas Entradas