Idas y vueltas: un mágico fluir de historias

La Danza espontánea en espacios no convencionales

Rasia Friedler y Brenda Castro

En esta época de aceleración y ligereza, en que escasean los espacios de elaboración de los procesos sociales y de construcción de la memoria colectiva, el arte es una herramienta inestimable.

¿Cómo trabajar en espacios despersonalizados, de paso, “sin tiempo ni historia”, definidos por Marc Augé como “no lugares”, para convertirlos en lugares de sensibilidad, conciencia y memoria?

El Día del Patrimonio de 2003, fecha destinada a difundir, consolidar y crear una conciencia de solidaridad internacional en la protección del Patrimonio Cultural Mundial, los integrantes de la Compañía de Danza Espontánea SaludArte* realizamos una función de danza espontánea en el Aeropuerto Internacional de Carrasco de la ciudad de Montevideo, auspiciada por el Ministerio de Cultura, que se llamó: “Idas y vueltas”. Nos propusimos generar un espacio de palabra y movimiento en un escenario inédito: el Aeropuerto Internacional de Carrasco. La idea fue favorecer el surgimiento de historias de viajes, encuentros y separaciones, apuntando también al procesamiento, en el “aquí y ahora”, de cómo nos atraviesa la fuerte ola migratoria de los uruguayos de los últimos años, especialmente esa sangría de los jóvenes que se fueron del país, la fragmentación de las familias, etc.

Primero hicimos una performance en el hall de Partidas del aeropuerto y luego desarrollamos la función en un lugar más resguardado, junto a un enorme ventanal que daba a la pista donde despegaban los aviones; fondo vivo de nuestro escenario. Ese vínculo con elementos de la realidad se trasladó al de la gente con nosotros, y viceversa. El público estaba sentado en semicírculo frente a los bailarines, el músico y a mí (conductora). La cronista, un extracto de cuyo relato transcribimos a continuación, se ubicó entre el público y los artistas. La escenografía fue minimalista y despojada, con cubos de madera de diferentes tamaños sobre los cuales se sentaron los bailarines hasta ser elegidos como personajes por la audiencia; cubos que también fueron utilizados como elementos en las escenas, con un perchero del que colgaban telas de distintos tamaños, colores y texturas. La danza espontánea es un género de improvisación artística basado en las ocurrencias, sensaciones, sentimientos e historias del público, que una vez vertidas por el narrador que emerge de ese público, son “devueltas” (played back) y recreadas por los artistas a través de la danza, incluyendo también recursos teatrales. Hay un fluir de formas y escenas que resignifican, complejizan, enriquecen y revalorizan las historias.

El arte, ya sabemos, se alimenta de encuentros, fusiones y bordes impensados. Hace unos años tuve un diálogo informal con Moyses Aguiar, psicodramatista y director de la Companhia do Teatro Espontâneo de Campinas, Brasil, quien me contó su sueño de crear una compañía de danza espontánea, algo que por distintas circunstancias no pudo concretar. Un tiempo después tuve otro encuentro con Analía Álvarez, bailarina y directora del ballet Dalica, quien conocía el trabajo que veníamos desarrollando en SaludArte (una organización destinada a la promoción de salud a través del arte y el humor) a través del teatro espontáneo en espacios no convencionales, y de ese diálogo surgió la idea de trabajar juntas. En ese momento recordé aquella vieja idea de Moyses y le propuse desarrollarla. Ese fue el origen de nuestra compañía que está basada en el teatro Playback, una forma de teatro espontáneo creada por Jonathan Fox. En la danza espontánea el movimiento y la danza son la vía privilegiada de expresión, integrando también el teatro. Dado que íbamos a constituir la primera compañía de danza espontánea en el mundo (basada en el teatro Playback), el desafío de crear, investigar y experimentar nos atrapó desde el comienzo. Comencé a entrenar a los artistas en dicho género artístico y el trabajo se potenció rápidamente gracias al interés y la formación previa y/o simultánea de los integrantes de la compañía, realizada en Uruguay y en el exterior (Brasil, Cuba, Estados Unidos, Alemania, El Salvador, etc.) que incluía: danza contemporánea, danza-teatro, danza Butoh, danza Contact, danza clásica, así como otras disciplinas artísticas, humanísticas y del campo de la salud. Esta nota es una expresión de gratitud a todos los que hicieron posible esta experiencia inolvidable. ¡Vamos a ver!*

En la terraza del aeropuerto, tarde del sábado 20 de setiembre de 2003.

Un sueño

El público se acomoda en las sillas. Éstas se ven muy blancas por la luminosidad de la tarde que se descuelga de los vidrios que separan a la terraza de la pista. Los bailarines respiran profundamente desde los cubos, casi pegados al vidrio. Se inflan los abdómenes, se escucha el sonido de la respiración. La conductora toma el micrófono, presenta a la Compañía y explica brevemente qué es la Danza Espontánea.

Enseguida se presentan los bailarines, diciendo cada uno una frase que refleja lo que les provoca la temática: “Idas y vueltas”.

Llega mi turno: -Me encantan los aeropuertos porque me conectan con un sueño que tengo desde pequeña: volar.

Entre todos buscamos generar un clima de confianza para estimular la participación del público. La conductora, que intenta mantener a todo momento el contacto ocular con la audiencia, el músico y los bailarines, le indica una figura a estos últimos y dice las palabras mágicas: “¡Vamos a ver!”

De pronto surge la música y da a luz al movimiento. Varios bailarines se ponen de pie. El cubo negro asoma entre las piernas de una bailarina de rulitos que se entrega al trance de la danza. Todo su cuerpo sigue el vaivén de los acordes; se ve como un lápiz negro dibujando sobre una hoja lisa de color rojo; el piso del escenario. Se extienden los empeines de sus pies y de un salto llega al alféizar de la ventana. Es un pájaro deslumbrado por tanta luz; en la pista dos aviones emiten un sonido fuerte y despegan casi juntos. El pájaro se transforma en mariposa para regalar colores brillantes; bate las alas, solidifica en una escultura, se ve como algo que puede quedar suspendido en el aire, y a la vez arrimarse a cada uno de nosotros.

El resto de los bailarines que está de pie parece sincronizar en un código de gestos pegadizos. El bailarín de cabello alborotado, ojos grandes y labios gruesos, salta una y otra vez extendiendo las manos hacia el cielo, abriendo los dedos, con la ansiedad del que espera el regreso de alguien querido, en una especie de plegaria muda, la danza de la lluvia que pretende derretir el interior de las nubes para que rieguen la tierra. Otro bailarín, el más alto, de mirada profunda, toma una tela azul, la sostiene de los extremos, se la coloca sobre los hombros y se larga a corretear por el piso del escenario, es el super-héroe que todos alguna vez deseamos ser; ahora lleva la capa con una sola mano y dirige el puño opuesto hacia delante; se ve más aerodinámico. La bailarina de moño apretado se suma al dúo sincronizado; es un resorte que gira sobre sí mismo, sube y baja movida por algo invisible que ejerce poder sobre su cuerpo, después de unas cuantas vueltas se convierte en una marioneta graciosa sacudida por cuerdas que se tensan y aflojan; enreda a los compañeros, los tres avanzan como uno solo hacia la bailarina de rulitos que sigue en el alféizar de la ventana, se impregnan con su trance y se ponen a danzar los cuatro juntos, mirando hacia el público como cuatro pájaros que se miman encima de algún cable, entre dos columnas de hormigón. Así se congela la figura, una escultura fluida que regala ternura y ganas de pasar al frente para recibir, por qué no, alguna de esas expresiones de afecto.

Suena el triángulo. El público aplaude, se ríe, comenta:
-¿Qué es?- pregunta una señora mayor desde su silla.
-¡Es un pájaro!- le contesta la muchacha delgada que está sentada a su lado, sin dejar de mirar hacia el frente la escultura que acaba de formarse.
-¿Entonces los otros también son pájaros?- vuelve a preguntar la señora, acomodándose los lentes, algo impaciente.
-¡Sí! ¿No ve que todos vuelan?- continúa la joven descruzando las piernas, aún concentrada en la escultura fluida.
-¡No! ¡Es un avión!- agrega el niño rubio que está sentado detrás de las dos.
-¡No!- sigue su hermanito, arrodillándose sobre su silla
– ¡Es un angelito de alas largas!
– Él tiene la última palabra.

Mar de abrazos

La conductora anima al público:
-¿Quién tiene ganas de contar algo?
Un señor se pone inquieto. Cruza las piernas hacia un lado y hacia el otro. Se acomoda los lentes. Es de tez muy blanca, tiene ojos claros y voz gruesa:
-Me gustaría que representen la dualidad irse-quedarse.
Los bailarines reciben sus palabras y se preparan para transformarlas en movimiento con distintas energías. La conductora les indica la figura: “escultura fluida”, y le hace una guiñada al músico para marcar el inicio.

Suena el triángulo. La cronista intenta registrar mentalmente cada segundo. Una ola de pies y manos se desliza desde los cubos hacia el centro del escenario. Tres bailarines se suben a un avión imaginario, saludan y salen volando. Los demás se agachan, extienden las manos, se afirman a la tierra, la besan una y otra vez, hasta que finalmente dejamos de distinguir quién es quién o quién hace qué. Todos los bailarines se funden en un único mar de abrazos.

El señor sonríe; ahora se ve más tranquilo.

Se puede

El público sonríe y aplaude. Un señor calvo, de rasgos andaluces, levanta la mano. Pasan unos segundos, vuelve el silencio. La conductora toma el micrófono y se acerca al señor que permanece con la mano levantada.
-¿Qué le gustaría contar?- le pregunta, llevándose la mano derecha a la cintura.
-Me llamo Pepe, trabajo con jóvenes desde hace muchos años, soy profesor. Me gustaría que me muestren el “no se puede” y el “se puede”- frunce un poco el ceño, se le marcan las arrugas de la piel color aceituna.
La conductora escucha atentamente, indaga un poco más y luego le propone a los bailarines recrear esas palabras en tres “pares”, una figura clásica del teatro Playback.

Suena el triángulo. Avanzan tres bailarines alineados. Tres más avanzan detrás de ellos. El primero de la izquierda se agacha y salta con las manos hacia arriba:

-¡Se puede!- grita una y otra vez, acompañando el movimiento. El bailarín que va detrás de él se revuelca en el piso, se toma el abdomen, se retuerce de un lado al otro como una oruga que no puede salir de su crisálida; susurra: -No.

El bailarín del medio gira sobre sí mismo; se ve como un trompo que no puede parar, pero tampoco sabe a donde ir. El compañero que hace de su sombra se balancea hacia los costados con incertidumbre, es una balanza en desequilibrio.

El primer bailarín de la derecha es un boxeador que da piñas mientras grita: -¡Sí! Se ve muy contento. El bailarín que venía detrás de él se acuesta en el piso boca arriba, se protege el pecho con las manos como si lo estuvieran golpeando.

Vuelve a sonar el triángulo. Los seis bailarines se congelan en sus posiciones. El público aplaude con entusiasmo. Pepe se ríe: -Es tal cual lo estoy viendo.

Extrañando
En la segunda fila de adelante está sentada una muchacha de cabello largo, castaño y enrulado; sus ojos están repletos de lágrimas; se los refriega con los puños y sonríe como si se acordara de algo hermoso y triste al mismo tiempo; ¿qué será?

Los bailarines, después de representar lo que pidió el señor de lentes, vuelven a los cubos negros; se sientan, adquieren una posición neutral, la mirada fija, el rostro sereno, nada de gestos. La conductora se acerca a la silla de la muchacha de cabello largo, la mira con ternura y le pregunta:
-¿Cuál es tu nombre?
-Me llamo Lucía- contesta la muchacha.
-¿Tenés ganas de compartir algo con nosotros?
– pregunta la conductora, invitándola a ocupar la silla del narrador.
La muchacha sonríe, tiene los dientes muy blancos, se acomoda en la silla y apoya los codos en los posa brazos.
-Sí; todas estas imágenes me hicieron extrañar a una amiga de toda la vida a la que quiero mucho y hoy no está con nosotros, se fue a España a trabajar con su padre. Me pongo contenta al acordarme de ella porque nos criamos juntas. Me vienen a la mente recuerdos hermosos, pero, por otra parte, me da mucha tristeza. Ella no se quería ir, no quería dejar a su gente, amaba este país, además no la está pasando muy bien allá, ¡la extraño!

La conductora invita a la narradora a elegir actores entre los bailarines para sus personajes mientras dirige la entrevista para clarificar los puntos claves de la historia que pronto habrá de convertirse en escena. Al mismo tiempo está atenta a lo que circula entre la narradora, la audiencia, los bailarines, el músico, la cronista y ella misma. Mira a los bailarines para verificar si la historia ha resultado suficientemente clara para partir hacia la acción teatral, le hace una guiñada al músico y pronuncia las palabras rituales que abrirán a la multiplicidad de movimientos.

Los bailarines abandonan la posición neutral. La primera en ponerse de pie es la bailarina que hará de amiga, protagonista de esta historia. Lucía eligió a la más bajita por su parecido físico. Luego la sigue la bailarina de pelo enrulado que será Lucía por un rato, después el papá de la amiga y así se va formando el elenco.

Empieza a sonar la guitarra, los acordes se van alternando con los tambores, todo se uniformiza en una onda que se mueve como la cola de una cometa en primavera.

La bailarina que interpreta el papel de la muchacha de pelo largo se coloca en el centro del escenario, justo donde converge la luz naranja de la tarde con el resplandor de la pista. Las ventanas de la terraza actúan como reflectores gigantes de la luminosidad que entra. El bailarín que hace de papá charla con su hija, ambos danzan con las puntas de los pies extendidas. Es un movimiento suave, lento, como el de las lágrimas de Lucía; con cada giro se va poniendo más dinámico, intenso.

Padre e hija ríen; es contagioso, ahora todo el público se ríe a carcajadas. La bailarina que hace de Lucía observa desde un ángulo, ellos la vienen a buscar tomados de las manos, la integran, y ríen juntos. El calor humano evapora las lágrimas. La música acompaña con una cortina perfecta que se sacude con los sentimientos, pero es invisible. Los giros sucesivos se estatizan en un cuadro humano de bailarines sonriendo. La cronista mira hacia el público. Lucía se está riendo.

Una emergencia
Mientras los bailarines dibujan sobre el escenario, se mueven muchas cosas, más de lo que se puede ver a simple vista. Cada dibujo, cada forma representada se transforma en un espiral que gira de izquierda a derecha sobre su centro, avanza metiéndose en el pecho de cada uno de los presentes. El espiral de energía es tan potente que sigue girando aún cuando los bailarines se detienen y el público aplaude.

Alguien del público pide una sensación:
-¡Dolor!- Las luces, que están bien tenues para marcar el espacio entre una historia y otra, se vuelven a prender lentamente. Una señora vestida de túnica blanca levanta la mano; está sentada en la última fila; el color de su túnica contrasta con el resto del público; tiene el pelo rubio, enrulado y los cachetes redonditos, rosados.

-Me gustaría que representen el dolor de las madres cuando sus hijos se vandice espontáneamente. La conductora se acerca hacia ella, le pide su nombre, y le pregunta si puede decir algo más sobre ese dolor. La señora cierra los ojos, se concentra y habla. A medida que la historia empieza a delinearse, la conductora averigua quiénes participan de ella, e invita a la señora a elegir entre los bailarines quiénes habrán de representarlos, a ella en primer lugar.

-En esta historia me gustaría que estuviera mi hijo pequeño (el hermanito del que se va), mi esposo, ya anciano, y yo.

La gente del público rota en su asiento para observar el rostro de la señora, como si intentara averiguar algo más a partir de sus gestos.
-Quiero que la bailarina con acento cubano me represente a mí; que el bailarín de rastas haga de mi esposo viejo, encorvado; y que el más alto sea mi hijito pequeño.

Los tres bailarines elegidos se ponen de pie, por ahora en posición neutral; el resto observa. La conductora estimula a la narradora a desarrollar la historia, la sintetiza para facilitar la tarea de los bailarines, y da el pie para comenzar. Suena el triángulo y se desprende la música; es una melodía suave.

La cronista escribe un par de frases; enseguida se pone derecha y mira hacia el centro del escenario. Un esposo, una esposa y un hijo pequeño están en la terraza del aeropuerto despidiendo al hijo mayor. El avión despega. La bailarina con acento cubano saluda con ambas manos, llora sin parar. El bailarín de rástas también saluda, pero con una especie de nostalgia mezclada con desgano. Algo le pasa a la señora, deja de saludar; se lleva una mano al pecho y se pone a toser, como si se ahogara. El esposo la toma entre sus brazos, pero no puede sostenerla, a él también le duele el pecho. El niño se ríe, da vueltas alrededor de sus padres tendidos en el suelo.

-¡Emergencia!
– grita un bailarín flaquito ingresando al escenario con otro compañero. Llega una ambulancia con la sirena a tope. Ambos bailarines se toman de las manos y construyen una camilla en el aire. Suben a la señora, luego al señor y se los llevan. La melodía se pone más aguda. Varios tules se balancean en el aire, ahora son pájaros blancos.

Suena el triángulo. Se apagan las luces. Todos sollozamos y aplaudimos al mismo tiempo, sentimos el dolor. La conductora le pregunta a la narradora si lo que acaba de ver refleja con cierta fidelidad lo que ella quiso expresar. La señora asiente con la cabeza, sonríe, agradece.

Una idea genial
Se escucha el murmullo del público. La conductora toma el micrófono, acomoda el cable que se ve como una serpiente tostada sobre la alfombra roja del escenario y dice:

-Bueno, nos queda tiempo para otra historia ¿quién tiene algo más para contar?- Se silencia el murmullo. Un muchacho hace señas con las manos, quiere hablar. La conductora le pregunta el nombre, le alcanza el micrófono y lo invita a pasar a la silla del narrador.

-¿Empiezo?- pregunta mirando fijamente a la conductora.
-¡Sí, cuando quieras!- responde ella, brindándole confianza.
-Bueno, yo quiero compartir el frío que sentí en todo el cuerpo cuando mi mejor amigo me dijo que se quería ir del país. Yo no lo juzgo, pero no estoy de acuerdo. Creo que debemos quedarnos, todos formamos parte de este país, de su identidad. ¿Por qué no pelearla primero acá?
Sus ojos se posan en una de las ventanas de la terraza, sobre la pista está cayendo el sol; desciende una luz anaranjada, intensa, va tiñendo los objetos, los tules, las caras.

-¿Dónde estabas cuando tu amigo te dio esa noticia?- le pregunta la conductora levantando las cejas rubias.

-En la explanada de la Intendencia municipal, en el banco del medio; ahí fue en donde mi amigo me contó su proyecto. Recuerdo que también andaba por ahí un viejo borracho que no paraba de decir incoherencias.

La conductora lo invita a elegir los bailarines protagónicos y hace proseguir la historia. El músico acomoda los instrumentos; esta improvisación a nivel musical es más movida. Hace vibrar un sonido metálico en el triángulo. Toca los tambores pequeños que reproducen un ritmo cálido, alegre. Comienza la representación. Dos bailarines se sientan sobre dos sillas improvisadas con los cubos negros; son los amigos que conversan, primero en tono distendido, luego algo se tensa. El bailarín más alto, que hace de amigo de Nicolás, da un salto y grita:

-¡Tengo algo hermoso para contarte! ¡Me voy del país! ¡Se me dio, flaquito, se me dio!-; se abalanza sobre el otro bailarín, lo abraza una y otra vez. El otro bailarín, el muchacho, permanece duro, estático sobre la gran silla:
-Eeee…no sé que decirte…
-¡No te preocupes!-, dice el otro, entusiasmado, eufórico. Un señor viejo, borracho se acerca al banco de plaza, canta: -Subió el arroz, atrás el diablo, ya no dan más nada; crisis, caos y cascotes…
– mira hacia todas partes, tiene la nariz roja y la panza abultada. Ahora se calla, le vino hipo. El amigo del proyecto parece no escuchar los disparates del viejo, sigue muy concentrado en su monólogo interior; grita:
-¡Tengo una idea!- Hace gestos con los codos, levanta los brazos hacia el cielo; está colgado de hilos imaginarios, las cuerdas del titiritero de la alegría. Continúa:

-¡Se me ocurrió una idea genial!, ¡vamos a saludar a todas las personas que veamos!, ¡nos vamos a curar dando abrazos!- Salen juntos a dar abrazos. Termina la función. El público emocionado aplaude, susurra, comenta y agradece; se quedó con ganas de seguir viendo y contando historias.

*Compañía de Danza Espontánea SaludArte

Dirección y conducción:
Rasia Friedler

Bailarines:
Analía Álvarez, Jorge Bell, Alejandra Darriulat, Florencia de Freitas, Vera Garat, Leandro Núnez, Gonzalo Pieri, Francisco Ramírez, Mauricio Rosso, Ana Karen Suárez. Músico: Martín Castrillejo

Cronista:
Brenda Castro

* “¡Vamos a ver!” es la consigna ritual del Teatro Playback que, al ser pronunciada por el conductor y dirigida hacia los actores y el músico, da pie al comienzo de cada escena.
Rasia Friedler y Brenda Castro

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