Estado, implicación y reconocimiento 3er Congreso de Clown y Payaso de Hospital

• Fundación Saludarte: Jarabe de Risas • Montevideo, Uruguay •
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Este artículo fue expuesto en ponencia del 7/11/2009 – 1 y publicado en Será Clown, blog de discursos payasos el 7/1/2010

1 La Organización del 3er Congreso de Clown y Payaso de Hospital estuvo a cargo de Clowns No Perecederos y Payamédicos. Se realizó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.

Mi nombre es Ernesto Alves. Mi experiencia como payaso en hospital me encuentra en el programa Jarabe de Risas de la Fundación Saludarte, en el Hospital Maciel de la Ciudad Vieja de Montevideo. Además de ello soy estudiante de filosofía y profesor de filosofía en educación secundaria. Por ahí van mis credenciales.

En esta comunicación quisiera hablarles de algunas conexiones de sentido entre la filosofía y el clown, encontradas en la búsqueda de intersecciones entre los dos campos.

Los pensamientos sobre el payaso que desarrollaré parten de un análisis y una búsqueda de comprender conceptualmente lo que llamamos el estado en nuestro género. Generalmente se habla del estado del clown caracterizándolo en relación con la proyección, la expansión, el disfrute, la escucha, la vulnerabilidad, la incertidumbre, la presencia y el juego. Suele decirse también que el estado es algo que se siente, que se vive. Sin embargo, aunque creo que la relación de lo que llamamos estado con el campo emocional es notoria, no resulta tan nítido su vínculo con nuestra experiencia en general.

Entiendo a la „experiencia‟, desde un punto de vista filosófico, como la captación sensible del mundo. Lo que nos es dado, lo que se nos presenta y percibimos como real sería lo que constituye la experiencia. En ese sentido podemos decir que tenemos experiencia del mundo, en tanto entendamos que puede hablarse de forma literal del mundo externo pero también del mundo interno como el campo propio de la experiencia interior, como espacio donde ocurre la sensibilidad, la emoción, el pensamiento y las diversas afectaciones.

Estas reflexiones y definiciones parciales para caracterizar el estado han sido aprendidas de varios maestros, leídas o escuchadas, así como también surgen de nuestra corta experiencia como payasos. En ese sentido es que emprendemos esta búsqueda, para aclarar nuestra comprensión de este fundamento del género y compartir lo que vamos comprendiendo.

Al iniciar estas reflexiones aparecen más sospechas que certezas. La sospecha primaria es que iniciar un camino de aprendizaje en torno a la filosofía de las emociones podría enriquecer nuestra comprensión de ciertas claves de nuestro género. En lo que sigue trataré de mostrar cómo se mueve esa sospecha, no tanto los resultados que ofrecería finalmente. Comenzaremos por delinear nuestro acercamiento a la comprensión del estado.

Creo que nuestro trabajo en Jarabe de Risas se caracteriza por una búsqueda artística dentro del lenguaje del clown en torno a la posición que ocupamos en el espacio hospitalario. Nos proponemos realizar una actividad artística que transforme el espacio simbólico del hospital, esto es, que permita una percepción distinta y esperanzadora sobre el ambiente de convivencia, cuidando los límites del género y disfrutando la exploración de las posibilidades que ofrece.

Pero si la búsqueda se plantea en torno a un posicionamiento, se nos plantea una pregunta, ¿de qué forma puede estar un payaso en un hospital? ¿Cómo responder a esta pregunta?

Pensemos en el estar, en las posibilidades en torno a este concepto. El posicionamiento en un espacio crítico en cuanto a la sensibilidad nos mueve directamente a una forma de compromiso para con nuestra propia presencia. Y no se trata aquí de un compromiso desde una postura ética, sino vivencial: si lo que se trata es de estar allí, cuando vivimos como payasos, entonces no hay escapatoria. Nos encontraremos directamente implicados en un ambiente, sea cual sea: un día de frío o calor, con movilización de funcionarios en el hospital o con tranquilidad general, puede ser un día en que las cosas estén saliendo bien y conectemos con nuestros compañeros y con las demás personas o puede ser que no pase nada de eso. Lo común a todos estos casos, creo, es que si hemos de ser payasos debemos estar allí.

El estado nos remite así a una forma de posicionarse en un espacio, desde el sentir. Si estamos allí acompañando nuestras vivencias, jugándolas y disfrutándolas, estaremos en el camino del estado.

El hacer acto de presencia en un hospital parándose desde el disfrute nos exige una forma de estar implicada, comprometida con la otredad: una forma de estar que se caracteriza por ser una presencia sentida, afectada y envuelta con el sentir de sí y el sentir de lo otro: de los pacientes, sus acompañantes, de los trabajadores y también del espacio, del patrimonio del hospital, de sus paredes y estatuas, sus ventanas y corredores.

Remitimos al estado entonces como a una forma, a una disposición en la que el payaso se sitúa para trabajar y que habilita múltiples contenidos. Se trata, quizás, de una forma de la experiencia, es decir, de una condición previa al relacionamiento con el mundo interno y el mundo externo que los envuelve y tiñe con un significado primario. Este significado primario, este color de tinta, este sutil envoltorio, es un color y envoltorio afectivo y subjetivo que nos da una figura básica y primigenia de lo real.

Como señalé antes, el compromiso, entendido como implicación, es una característica principal del estado del payaso porque requiere una aceptación total de la sensibilidad propia, de la emoción que surge y aflora en impulso. El estado es un imperativo de que suceda lo que nos motiva en el momento y lugar.

Desde otro punto de vista, girando la mirada, vemos que el compromiso sucede en relación con la otredad, que se concreta especialmente en las personas con las que interactuamos en el hospital y a las cuales proponemos un encuentro. La búsqueda del estado une los dos niveles de implicación en tanto el encuentro solo puede suceder si ponemos en juego en el encuentro nuestra sensibilidad y presencia real.

El desarrollo propuesto hasta aquí nos señala que el clown, trabajando desde el estado, percibe la realidad desde un posicionamiento especial, la implicación. Este posicionamiento, ponerse, postura, consistiría básicamente en envolver a la realidad, tanto interna como externa, con un contenido subjetivo elemental, desde una actitud de inclinación hacia la aceptación de lo que sucede.

Llevando estas interpretaciones a un plano filosófico más general, ya no hablando solamente del clown, nos encontramos afirmando que nuestra experiencia, la fuente básica de nuestro conocimiento, se encuentra condicionada previamente por una actitud de implicación.

Retomemos entonces nuestro punto de interés complementario: la filosofía. La tradición en este campo ha insistido en considerar a las emociones y al conocimiento como campos radicalmente separados de la experiencia del mundo.

En tanto entendamos a la experiencia como aquello que captamos como otro, que nos ofrece una información sobre la constitución de lo que sucede alrededor, y sigamos a la mayoría abrumadora de la tradición filosófica estaremos hablando de un campo representacional que se limita a lo cognitivo y no tiene en cuenta a lo afectivo. Es decir, generalmente las teorías no desconocen el plano de los afectos, las emociones, pasiones o sentimientos, pero se ocupan particularmente de distinguir estos planos del campo de la experiencia legítima.

Una de las sospechas que quiero comunicar aquí es que en la filosofía contemporánea de nuestros tiempos esta distinción ha sido cuestionada desde diversas tiendas. Alguien puede pensar ahora, con todo derecho, que ha habido filósofos anteriores que han dado un rol central a las emociones en sus teorías del conocimiento. Ante esta posible objeción es justo aceptar el señalamiento sin dejar de reconocer, pese a ello, que la mayoría de la tradición filosófica ha partido desde el punto de vista antes explicitado.

Lo que quiero comunicar entonces es que desde este campo crece progresivamente la incorporación del campo emocional a una teoría del conocimiento con un sustento de justificación cada vez mayor.

Llevando estas interpretaciones a un plano filosófico más general, ya no hablando solamente del clown, nos encontramos afirmando que nuestra experiencia, la fuente básica de nuestro conocimiento, se encuentra condicionada previamente por una actitud de implicación.

El principio de que el conocimiento se encuentra condicionado previamente por una actitud de implicación es justamente la base del proyecto filosófico del alemán Axel Honneth, actual director del Instituto de Investigación Social donde surgió y se desarrolló la llamada Escuela de Frankfurt. A esta escuela pertenecen varios filósofos como Theodor Adorno, Walter Benjamin, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, entre otros, que propusieron una mirada crítica de la realidad sociocultural.

Uno de los intereses teóricos fundamentales de Axel Honneth es rescatar el concepto de „reconocimiento‟ para la filosofía de la práctica, en una unión interesante con elementos de la teoría del conocimiento. En efecto, la tesis que me interesa de Honneth en este momento señala que el reconocimiento precede al conocimiento2.

2 Honneth, Axel: Reificación. Un estudio en la teoría del reconocimiento, Ed. Katz, Buenos Aires, 2007.

3 Honeth, Axel, Op. Cit., p. 52.

En relación con lo señalado anteriormente veamos que Honneth caracteriza al reconocimiento como una actitud del sujeto respecto de sí mismo, hacia los demás y hacia el mundo en general. ¿En qué consiste esa actitud y cómo se relaciona con el pensamiento sobre la implicación en el estado del payaso?

Honneth dice que el reconocimiento es una perspectiva de apoyo, inclinación y compromiso, una “forma holística de la experiencia”3, de carácter primaria. Se trata de entonces de una dirección en la que la sensibilidad se posiciona originalmente para disponerse a la experiencia. En efecto Honneth nombra por momentos al reconocimiento como una postura, lo que nos habilita a relacionarlo con la idea de posicionamiento y forma de estar.

Para Honneth, que se inspira en Lukács, Dewey y Heidegger para sus reflexiones, no se trata de imposibilitar así la posibilidad de una captación racional más objetiva de la experiencia del mundo. Esto sería posible mediante una toma de distancia de las cualidades primarias atribuidas a la experiencia desde el lugar de la implicación. Sin embargo, mientras se señala esta posibilidad se reafirma que dicho proceder será legítimo siempre que recuerde y conserve la precedencia original de la experiencia de implicación.

Es interesante ver como la actitud contraria al reconocimiento, caracterizada por Honneth como „reificación‟, consiste en un olvido del reconocimiento. La actitud objetivista que pretende conocer sin mediaciones subjetivas sería una forma básica de olvido de la forma original de la experiencia como implicación. El olvido aparece como una pérdida de contacto, un desencuentro con lo primario en la experiencia.

Nos encontramos entonces, para recapitular, con una tesis que afirma que en nuestra relación práctica en el mundo concebimos originariamente la relación con nosotros mismos, con los demás y con el mundo desde una perspectiva de implicación. Esta implicación es caracterizada como dotación primaria de valor, como una inclinación existencial, que podría relacionarse con el concepto de aceptación en clown, en tanto que se trata de una constatación que tiñe de afecto al fenómeno que se percibe y lo incorpora.

Podemos observar varios puntos de contacto de nuestra caracterización primaria del estado del clown y lo que Honneth ha entendido como reconocimiento. Estamos en ambos casos con condiciones de la experiencia que exponen la implicación del ser que percibe el mundo. En otras palabras, se dice que en ambos casos hay algo del campo afectivo-emocional que tiñe o envuelve la forma en que percibimos y vivimos el mundo.

Creo que el camino seguido hasta aquí nos allana el camino hacia la comprensión del estado del payaso. Sin embargo, parecería que faltan aún muchos elementos a tener en cuenta. ¿Qué hay, por ejemplo, de la importancia central del encuentro con el otro?, ¿qué es el clown sin la interacción con otras formas de humanidad, con personas concretas? Aunque se han señalado ideas en este sentido, es cierto que el desarrollo hasta aquí se ha centrado en el estado, como condición de la mirada del payaso sobre el mundo.

El clown se nos aparece como una forma de diálogo, no necesariamente verbal, sino en el sentido de que hay una relación de comunicación entre el payaso y los otros. La forma en que trabajamos en nuestro grupo, la improvisación desde el estado, mueve a esta forma de interacción. No podríamos entonces comprender el estado sino es también en torno a la necesaria vinculación con otras personas que se nos presentan al diálogo. Como ha dicho Sue Morrison: “El clown es una conversación. Si éste fuera el clown y aquel otro el público, el lugar donde vive el clown será donde sus dos energías se conectan. Ese es el „nosotros‟.”4

4 Morrison, Sue: Sobre el clown, disponible en el sitio http://www.barnabyking.com/clownabout.html, accedido el 25/10/2009, la traducción es propia.

Se plantea entonces la cuestión dual de que el payaso, en tanto presencia, vive allí, esto es, se enraíza en la vivencia del ambiente en el que se encuentra, pero al mismo tiempo, tiene una vivencia hacia una otredad, hacia otros mundos subjetivos.

Creo que esta definición parcial del estado en torno a una forma de posicionamiento concreta desde sí, al encontrarse con el carácter proyectivo, con la vivencia hacia el encuentro con otro

5, este encuentro digo, en su apariencia de contradicción, nos muestra una dificultad fundamental para definir al clown como género dramático. 5 En la conceptualización de esto que vengo llamando vivencia, en relación con la emoción, con la afectación que vive la persona y proyecta el payaso, me interesa hacer una aclaración. Debería tomarse en cuenta a la vivencia como enlazada con la realidad de que se trata de un fluir de vivencias que se transforman y transforman así el contenido del estado del clown.

6 La analogía con los parecidos en una familia es particularmente sugerente, Wittgenstein la explica así “No puedo caracterizar mejor esos parecidos que con la expresión «parecidos de familia»; pues es así como se superponen y entrecruzan los diversos parecidos que se dan entre los miembros de una familia: estatura, facciones, color de los ojos, andares, temperamento…”. Wittgenstein, Ludwig: Investigaciones Filosóficas, Altaya, Barcelona, 1999, p. 40.

El encuentro en tensión de una percepción implicada del mundo desde un posicionamiento que es singular, que parte del propio centro, con la necesaria tendencia hacia el encuentro es lo que nos lleva a la dificultad. Esta dificultad ha sido enfrentada generalmente en ensayos y artículos sobre el clown y nos plantea un desafío que debería quizás afrontarse si queremos realizar un discurso que tenga al payaso como sujeto.

La cuestión puede plantearse de una forma clásica: ¿cómo hablar, o pensar, un objeto de estudio sin una definición que nos permita reconocerlo como tal? En nuestro caso sería, ¿cómo hablar del estado del clown sin antes definir al clown? Esta forma de plantear la cuestión pide una respuesta en términos esenciales, de establecimiento de condiciones necesarias y suficientes que un objeto debe cumplir para caer bajo la definición.

Sin embargo, la necesidad filosófica de fijar esencias, de trabajar con lo permanente ya dado, ha venido siendo criticada desde hace ya un buen tiempo. A mediados del siglo XX, Ludwig Wittgenstein advertía que no debemos buscar condiciones comunes necesarias a los objetos de una clase sino que debemos guiarnos por sus parecidos de familia6. Creo que este señalamiento es especialmente atendible para nuestro género, el de los payasos, ya que solamente con esta flexibilización de la exigencia podremos reconocernos como en un mismo campo de trabajo personas que trabajamos siguiendo diferentes tradiciones, con diferentes intereses creativos y diferentes productos artísticos.

Cerremos paréntesis entonces y digamos: la tensión en el trabajo desde sí y hacia el encuentro que nos lleva a preguntarnos por qué es el clown en sí mismo, no debe ser reducida a una explicación que la vuelva coherente. Precisamente uno de esos rasgos que forman parte de los parecidos de familia en los payasos y que los hace parecidos es la incoherencia. El planteo entonces es no recusar la contradicción, sino aceptarla como propia de este campo artístico.

A modo de cierre, hemos caracterizado al estado del payaso como una forma de estar, como una presencia sensible. Entendemos que esta presencia sensible es implicada, en tanto supone una cercanía afectiva primaria con lo que percibimos, un reconocimiento desde un punto de vista particular, que tiñe y envuelve a lo real con elementos subjetivos en circulación.

En un segundo momento, vimos que esta caracterización del estado del payaso contradice una definición clásica de la relación entre las emociones y la experiencia en general en la historia de la filosofía.

A partir de allí, compartimos el punto de vista de Axel Honneth, quien rescata el concepto de reconocimiento para la filosofía contemporánea. El proyecto de Honneth pretende identificar al reconocimiento como implicación, como una actitud básica para la experiencia de sí, de otros y del mundo en general. Esta actitud, o postura, contiene en primera instancia elementos sensibles, afectivos y emotivos, que no pueden olvidarse a la hora de pensar la experiencia y objetivarla adecuadamente. Para Honneth esta forma de relacionamiento es una actitud humana auténtica.

Hemos sugerido, a continuación, que el payaso no puede ser definido si no es remitiendo al encuentro de mundos, con su público. El clown es una forma de relación, un diálogo, el clown sucede entre los seres que se relacionan. A partir de esto hemos señalado problemas, o tensiones, para la definición de clown y hemos sugerido una postura no esencialista.

Y aquí estamos, finalizando este trabajo. Pensando sobre aquello que sucede fuera del pensamiento. Aclarando nuestras sospechas y con la expectativa de que muevan a otras diferentes para comprender teóricamente nuestra vivencia como payasos.

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