El derecho a la alegría

El derecho a la alegría

Payasos de SaludArte siembran ternura en el hospital

 

Por Daiana Beitler

Es un viernes de invierno en casa de Galicia. Son apenas las 17:00 hrs., pero el cielo gris oscuro anuncia una noche fría. El cuarto piso parece vacío, presa de un silencio inmenso, casi expectante. Se escucha un llanto proveniente de una habitación cercana, y una mujer joven pasea a su pequeño hijo en brazos. Es Facundo, de cinco años, que está internado desde hace semanas. A su lado en la habitación está Micaela, de diez años, quien llora porque está aburrida y quiere salir de su cama.

Y entonces, inesperadamente, el desolador pasillo gris comienza a transformarse. Salen uno, dos, tres, cuatro payasos de una pequeña habitación y el lugar comienza a llenarse de magia. Narices rojas y trajes brillantes inundan el aire de colores, de risas, juegos, globos, y pompas de jabón. Los clowns le arrancan una sonrisa a Facundo y lo siguen haciendo, habitación por habitación, con los diez niños internados en el cuarto piso de Casa de Galicia. Micaela me cuenta alegremente, mientras mastica un caramelo con dificultad, que los payasos le “recetaron” Caramelina 500g. La madre de Renzo, un bebé de 10 meses, dice que sonríe por primera vez desde que su hijo contrajo neumonía. Santiago, sin dejar de mirarme con picardía, se pasea orgulloso por el pasillo con un perrito hecho de globos. Franco, de seis meses, no parece sorprenderse con el despliegue de colores pero repentinamente deja de toser y nos mira con curiosidad. Cada momento parece aún más mágico que el anterior: los niños ríen, algunos tímidamente, otros entusiastas; madres y padres, familiares y acompañantes, suspiran y esbozan sonrisas que se mezclan con sentimientos de preocupación y cansancio; las enfermeras corren presuras a ver el espectáculo, celebran los chistes y parecen disfrutar de su trabajo; el dolor y la enfermedad, aunque son una presencia tangible y concreta, parecen alejarse por instantes con cada pompa de jabón que cae graciosamente sobre el piso.

Con el resonar de esa alegría repentina y la tibieza de las sonrisas, los payasos se dirigen al tercer piso a conocer a Antonio, un paciente de cientoun años. El olor a encierro de una pequeña habitación nos invade mientras Antonio y Walter nos miran perplejos. Un globo con forma de animalito se posa en Walter que está acostado en la cama de al lado, quizás algo más joven que Antonio, y despierta su interés. Antonio, con más de un siglo vivido, se deja llevar por la imaginación y le reconoce a su compañero de habitación que nunca había visto un perro azul. Entonces, una vez más, se establece esa conexión tan especial entre payasos y pacientes, una complicidad mutua que transforma la forma de enfrentarse a la adversidad, y que contagia a familiares, enfermeras y acompañantes. Es esa capacidad tan humana y tan real de compartir la magia y el humor lo que invade un cuarto tras otro y convierte a la alegría en un visitante más. Una mujer con la bandeja de comida sobre el regazo nos ofrece graciosamente invitarnos a cenar; un hombre mayor decide compartir su historia y conversa animadamente sobre su vida y su familia, a quien extraña tanto; una enfermera se saca fotos con un clown y pide afanosamente que se la enviemos a su casa; una señora de 99 años se conmueve y sonríe como adolescente enamorada mientras observa a un clown belga, con el que establece una comunicación que trasciende el lenguaje y “le roba el corazón”. Y es así, sonrisa tras sonrisa, que los payasos van dejando atrás momentos mágicos que continúan flotando en el aire y nos invaden de alegría a todos, iluminando esa noche oscura y fría de invierno en el hospital.

*Programa “Jarabe de risas” de la Fundación SaludArte
Visita del actor-clown de Payasos sin Fronteras: Raphael Faramelli
Payasos de SaludArte: Lichi Sánchez, Federico Leone y Chiara Hourcade

Coordinación del programa hospitalario: Federico Leone
Dirección general: Rasia Friedler

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