“Educar hoy con las nuevas subjetividades”

“Educar hoy con las nuevas subjetividades”

XI Encuentro de Psicólogos y Directores de AIDEP

Por NoeliaTraversa

El XI Encuentro de Psicólogos y Directores de AIDEP (Asociación de Institutos de Enseñanza Privada), realizado en diciembre de 2008 en la sede del Liceo Francés Jules Supervielle, contó esta vez con la participación de la Compañía de Teatro Espontáneo de la Fundación SaludArte.

El taller artístico se desarrolló en un gimnasio, con una nutrida concurrencia. El tema convocante “Educar hoy con las nuevas subjetividades” fue el disparador de las presentaciones espontáneas de los artistas de SaludArte.

Luego de agradecer a los organizadores y de realizar una breve introducción sobre la fundación SaludArte y el Teatro Espontáneo, la directora, Rasia Friedler, invitó a los actores a compartir sus experiencias sobre la temática del Encuentro.

Virginia aludió a su rol de docente. El título le sugirió que es posible “estar más cerca o más lejos de los alumnos en la travesía de aprender”, pero “la forma de llegar siempre es la misma: mirarnos a los ojos y abrir el corazón”.

A continuación uno de los actores empezó a caminar, mientras otro corría a su alrededor hasta encontrar su mirada y producir el encuentro. A continuación Emiliano contó que tiene 25 años, que a los 21 terminó el liceo y que este año quiso hacer “algo diferente”, por lo cual empezó a estudiar informática en UTU, lo cual equivale a cuarto ciclo de secundaria. “Me gustaron los temas y estar rodeado de muchachos de 17 años; cuando yo hice el liceo no me di la posibilidad de ver que había otras carreras que me gustaban más”. Analía, profesora de danza moderna, recordó un suceso que cambió su forma de dar clases. Una vez, una alumna le expresó que quería saber cómo hacer para bailar como ella. Analía le dijo que no esperaba que bailara como ella, sino que lo hiciera mejor. La alumna insistió en que quería bailar como su profesora. Entonces Analía le dijo que si se capacitaba, “en algunos años lo podría lograr”. Quiso mostrarle que es necesaria la dedicación e incluso el sacrificio para adquirir conocimientos. Esto a su vez la volvió más exigente consigo misma. Un actor representó a Analía golpeando las manos para agilitar el ritmo de otro actor que hacía las veces de alumna, y se percibía cómo se iba elevando la exigencia. La “alumna” le dijo: “pero yo quiero como hacés vos”, la profesora le respondió: “vamos, esto es mucho sacrificio, dieta, sacrificio, dieta, sacrificio” mientras ella dictaba corporalmente los movimientos que debía seguir su alumna, finalizando ambos en la parodia de un solo pie apoyado en el suelo y los brazos hacia arriba. Sus gestos despertaron risas entre el público y más aplausos, tal como sucedió durante toda la presentación, al final de cada escena.

Sebastián se presentó con sus 25 años y con una reflexión acerca de que el mundo da mucha información a los niños y “está bueno ayudarlos a discernir qué información sirve para formarse como ser humano”. En relación a esto, cuando era niño, su madre le decía que “las personas intranquilas son peligrosas”. Entonces él se volvió tranquilo; el inconveniente fue que cuando salía al recreo, siempre alguien le pegaba. En la representación, un actor va caminando, de repente se acerca otro y le pega, además de empujarlo. Imprevistamente aparece una actriz que le dice al primero “venga mijito, lo que pasa es que usted tiene toda la energía acá (señalándose el pecho con los dos puños), con gesto pensativo dijo de repente: “después va a pasar acá” (y se señala la pelvis) pero después va a salir, ¡va a ser como un escudo!”.

Gabriel, profesor de música, contó que mantiene “una comunicación muy directa con los alumnos”. Van pasando los años y ve cómo van creciendo. Y destacó que todos tienen habilidades diferentes. Por ejemplo, uno de sus alumnos es bueno para las relaciones interpersonales, y Gabriel le propuso que lo ayude con ciertas actividades. “Nos educamos mutuamente. Su mundo es diferente del mío y por eso nos complementamos”, concluyó. Una actriz lo representó. Parecía buscar una nota sonora en interacción con el alumno. Este le dijo, “yo no sé mucho lo que está dando pero sé cómo hablar con las personas”. “Seguí” dijo ella. El contestó “saludar así: ¿qué hacés?”. Ella interrumpió: “¡Eso, hacé eso!”.

Gildas agregó: “hay dibujos de los alumnos que no son buenos, pero si lo pienso, yo también los haría. Los profesores no tenemos que ser tan estrictos y ver un poco más allá del resultado concreto”. Dos actores parodiaron un dibujo animado japonés en el que dos guerreros luchaban emitiendo gritos característicos. El público rió mucho. Irrumpieron los aplausos frente a una representación que condensó la multiplicidad de mundos que pueden habitarnos desde la infancia, valorando el mundo de la fantasía y respondiendo a las exigencias del entorno de manera creativa.

A continuación Rasia recordó otra experiencia. En la escuela, la maestra dibujó en el pizarrón una flor y una abeja. Dirigiéndose a sus alumnos dijo “chicos, miren cómo la abejita quiere picar a la flor”. Entonces un alumno levantó la mano y preguntó: “señorita, los que ya sabemos cómo se fornica, ¿podemos salir al patio?”. En la representación algunos actores hicieron de flores y otro actor como si fuera la abeja, emitió los característicos zumbidos. Luego dio unos cuantos giros en torno a los otros actores y se escondió hacia atrás de un artista que simulaba una flor, con gestos cómplices, hasta que ambos hicieron movimientos como si se tratara de una relación sexual. El público estalló en risas.

A continuación Rasia invitó a los educadores a compartir sus sensaciones, sentimientos y/o experiencias. Una persona expresó: “estar abiertos a lo azaroso, a lo nuevo”. Para ello la conductora solicitó a los actores una escultura fluida. Los artistas se fueron acercando desde los cubos en dirección al público, algunos con los ojos cerrados, o entrecerrados, algunos desde el suelo, intentando avanzar, alcanzar al otro con los brazos, ir al encuentro de lo nuevo.

Una participante del público añadió: “la comunicación desencontrada entre las distintas generaciones”. Rasia sugirió a los actores que hicieran “una máquina de desencuentro generacional”. En el escenario, todos parecían hablar mediante distintos ruidos, cada cual era una pieza de un gran engranaje donde la comunicación se hacía difícil.

Otra persona planteó “la presión de los chicos por cumplir las expectativas de las familias, la diferencia entre lo que creemos que son y lo que realmente son”. Una de las actrices muy decidida expresó “así, quiero ser así, ¿y qué?” Otro decía “quiero ser como yo quiero, pero me importa agradar a los demás” tratando de afirmarse en su postura y dirigiendo la mirada a los otros en busca de aprobación. Brotaron los aplausos.

Rasia retomó el tema de querer corresponder a las expectativas de los padres y las dificultades que esto supone, sugiriendo a los actores un “modelado”. Dos actores modelaron los cuerpos de otros dos. Uno de aquellos modeló el cuerpo de una actriz, a quien cambió varias veces de postura hasta que quedó con sus manos en la cabeza y el torso girado hacia otro lado, un rostro de gesto confundido y un equilibrio muy difícil de lograr. El otro actor modelado quedó con una postura rígida, el rostro entre adusto y rendido, la mirada hacia adelante y un dedo índice hacia arriba. Resultó divertido para el público visualizar la parodia de “moldearse” de acuerdo a las exigencias de los adultos.

Alguien dijo: “me gustaría que expresaran el placer de la búsqueda de un camino propio hacia el conocimiento”. Esta vez, la escultura fluida se extendió un poco más en el tiempo. La conductora le preguntó a la participante si podía situar esta sensación en alguna situación concreta, ella respondió que en una clase de matemáticas. Una actriz comenzó a caminar en una búsqueda de un otro, girando sobre sí, dando vueltas y buscando la mirada de ese otro actor. De repente otros levantaron la mirada hacia arriba como si hubiesen descubierto algo nuevo, sus miradas parecían iluminadas mientras sonreían y señalaban, decían “mirá allá”, “ y allá” “2+…” haciendo cálculos en el aire, mientras otro propuso: “¿y si lo bajamos por Ruffini?”.

Otra participante agregó: “a veces siento mucha frustración y bronca por la desatención de los alumnos. Eso de que se les exige atención a ellos… hay dos polos de la situación”. La directora solicitó a los actores una “foto”. Un actor se ubicó sobre un cubo con un gesto de pedir silencio, dos estaban sentados en otro cubo, otro trataba de mantener el equilibrio. Se invitó a la docente del público a participar y señalar, de forma sucesiva, a cada uno de los actores para hacer que los personajes hablaran. Una actriz que estaba sentada dijo “no es por nada contra usted profe, pero pusieron pegamento o algo, porque no me puedo mover”. Otra gritó “¡metaaal!”, otro dijo “quiero ir a la playa”; el que hacía el gesto de silencio dijo “¡soy el dedo que quiere que se callen ya!”; otro actor que permanecía sentado dijo “querés que levante la mano y hace dos años que vengo y no me prestás atención”. Todos reímos, se iluminó el conflicto entre la demanda de los alumnos y la de los maestros.

A continuación, Rasia propuso un “baño musical”. Invitó a los participantes a cerrar sus ojos y a evocar alguna situación vivida, alguna imagen de algo que les hubiera pasado como padres, alumnos, docentes y/o psicólogos. Con una música suave, los actores y el músico se desplazaron entre el público. Se escucharon frases como “si te digo que cierres los ojos, tenés que hacerlo”, ¡ay no, la vieja ésta!”, “cada vez que quiero innovar, no tengo marcadores”, “somos cuarenta, cuando levanto la mano me explican pero no entiendo”, “siempre están sonando los celulares en la clase”, “buenos eran los métodos de antes, ahora con la tecnología todo se complica”.

La directora solicitó a los participantes que traten de visualizar los detalles de la situación evocada, quién o quiénes estaban, qué pasó, cómo, y les pidió que, cuando lo lograran, abrieran los ojos.

Con una musicalización suave de guitarra, alguien del público levantó la mano y se la invitó a pasar al frente. La historia de Mónica era sobre una alumna que denominó “Margarita”, de forma ficticia. Un día, luego de clase le comentó a una colega que ya no sabía más qué hacer para que Margarita entendiera el área del rectángulo. Su colega le dijo “vos te vas a romper la cabeza para que aprenda el área del rectángulo, pero ella se pasa mirando chiquilines; un día se va a casar con alguien de plata y va a estar mejor que vos”. Hace un tiempo, Mónica recibió un llamado de aquella alumna, ya de 28 años, casada y con dos hijos. Estaba buscando empleo, pero a Mónica no se le ocurrió ninguna oportunidad de empleo que fuera acorde a su escasa preparación. Hoy Mónica sigue pensando “¡qué importante es que los alumnos entiendan el área del rectángulo!”.

Uno de los actores representaría a la maestra, Mónica eligió a Emiliano “porque es enérgico”. Rasia le preguntó con qué otras cualidades podría definirse a sí misma, Mónica dijo “ganas, un poco de mal carácter y sentido del humor”. Analía representaría a Margarita, a quien se describió como una persona a la que no le interesaba mucho la clase, pero tenía una buena relación con Mónica, ella dice “quizás se quería parecer a mi”. La colega se llamaría Carola y sería interpretada por Virginia. Mónica la describió como “con gran sentido del humor para contener al resto, complexión importante, por tanto de movimientos lentos”. El título de la escena sería “Por qué vale la pena insistir”.

Emiliano, que interpretó a Mónica, comenzó con un “vamos, vamos, que tengo que enseñarles el área del rectángulo” dijo dirigiéndose a sus alumnos. Analía, en el personaje de Margarita, se puso un sombrero rojo brillante de estilo cowboy. Sus compañeros le decían “Margarita, ¡qué linda que estás!” mientras ella coqueteaba y se paseaba de aquí para allá, y Mónica exhortaba: “¿la pueden dejar de tocar?”. Quien interpretó a Mónica preguntó “largo por ancho ¿qué da?” y volvió a tratar de separar a los compañeros, que trataban de acercarse más a Margarita. “De ella, sepárense” interrumpió la maestra. De pronto Margarita dice “así va a ser mi casa cuando me case, como el área del rectángulo el living”, mientras hace ademanes en el aire. Mónica se encuentra con Carola (Virginia), y le dice “Ay, no sé qué hacer con Margarita”, y Carola la invitó a tomar “un tecito” para calmarse. “Lo único que hace es mirar a los chicos” prosiguió. Carola le dice “pero vos te das cuenta, que va a vivir mucho mejor que vos”. En tanto Margarita, rodeada continuamente por los compañeros dice “¡estoy aprendiendo el área del círculo, maestra!” Mónica agradece a Carola y vuelve a clase. Tiempo después Mónica recibe un llamado telefónico de Margarita, quien le dice, “soy la del área del rectángulo. Bueno, mi casa es como el área del rectángulo, quería pedirte algo”. Posteriormente se encuentran y Mónica ve llegar a Margarita con dos niños pequeños, interpretados por dos actores. “Ay Mónica cómo estás?”, al decir “yo un poco cansada” trata de apartar a sus hijos que apenas le permiten caminar. Mónica le dice “te casaste, tuviste hijos, lo que vos querías”, “sí pero necesito trabajar e irme al Caribe”, “está re complicada la cosa”. Mónica le pregunta si trajo un curriculum, Margarita le dice que sí, pero que no es muy extenso “me quedé en el área del rectángulo” agrega. “Ya veo” dijo Margarita. “Mi me encantaría volver al recreo”, dice con gesto pensativo. Mónica levanta un teléfono imaginario y dice “hola, decile a todos los profesores de matemáticas que enseñen el área del rectángulo, ¡que no desistan!”. Tras ver su historia representada, la narradora agradeció a los actores.

Otra participante del público fue Magdalena, una psicóloga, quien recordó una situación de la época en que comenzó a trabajar con grupos, hace unos 19 años. Por aquel entonces ella se propuso recorrer la vida grupal de los chicos y pensó en la importancia de hablar “de lo que a ellos les pasaba”. Dejando esto planteado, se fue y retornó a la semana siguiente consignando que irían a “pintar y hablar”. Entonces los chicos reaccionaron diciendo: “¡otra vez vamos a hablar!”. Entonces ella pensó “Tengo que escuchar lo que me están diciendo”. Recuerda que era un grupo de tercer año “porque el área del rectángulo ya la sabían” y propusieron hacer una casita, para lo cual convocaron a padres y maestros. Se realizaron rifas, se llevaron bolsas de portland para la construcción. Hubo una jornada a la que concurrió incluso un albañil. Las niñas decían que la iban a pintar de rosado porque allí vivirían princesas, a lo cual los niños se negaban. Estaban en juego las ilusiones de unas y de otros. Rasia le preguntó “al recordar esto, ¿qué sentimiento te aflora?”, Magdalena contestó “la necesidad y la importancia de trabajar con lo que nos sucede, porque si no uno no hace trama” rememorando que entonces “se trataba de trabajar con los maestros” y reflexiona sobre su trabajo como psicóloga, como aquel que a veces pasa de la interdisciplina a la transdisciplina. Como título para la escena Magdalena eligió “Construyendo una casita”. La participante eligió a Emiliano para que la interpretara a ella en su rol. Éste comienza la escena entonces planteándole a los otros actores que hacían de niños, “Bueno, se acuerdan que habíamos hablado la otra vez”… y fue interrumpido por los niños que decían “¡Otra vez vamos a hablar!” con gesto de hastío. Les preguntó a otros dos “a ver, Matías, Laura, ¿qué quieren hacer?”. A lo que ellos respondieron “¿querer querer?” Y mirándose entre sí “no se debe poder”. Entonces quien representa a Magdalena dice “si uno se lo propone, todo puede salir”. Y los niños le cuentan la idea de construir una casita en el patio. Magdalena se ve en la necesidad de mediar la idea con las autoridades de la escuela, se encuentra con alguien que le dice “sí, yo ya sabía de la idea, tengo que pedir permiso”. Surge la idea de vender rifas, de repente aparecen otros actores como si fueran los padres de los niños, a quienes Magdalena invita a ayudar en la construcción, diciendo: “aprovechemos que González es arquitecto, vean qué lindo”. Mientras la actriz que encarna a la autoridad de la escuela dice “¡Psicólogos!” con ademán de tedio. Cubo sobre cubo, con la colaboración de todos, se construye algo más que una fantasía mientras una voz dice “vamos, disfruten de esta casa que es de ustedes” al tiempo que uno de los niños salta desde arriba de los cubos y queda abrazado a quien representa a Magdalena. La emoción gana terreno porque ese final no es casual y habla por si mismo. Magdalena se ve perfectamente reflejada en la escena.

Rasia instó a la realización de una última escena, para la cual invitó a los participantes del público a que se sumaran a los actores. Mónica, otra participante, se dirigió al frente para contar su historia. Puntualizó que la misma se compuso de varias escenas que le fueron viniendo a la mente. “Recordé una escena del jardín, cantando La vaca estudiosa de María Elena Walsh y una sensación de felicidad”. Claudia, una de las participantes del público que pasó al frente representaría a Mónica en aquella escena, con 4 ó 5 años, alegre, traviesa, una niña a quien le gustaba cantar. Mónica expresó al respecto que se trataba de “una situación colectiva, había una mesita y dos o tres alumnos más”. Otra situación que recuerda es en la escuela durante las clases de canto, varios niños hacían fila para la prueba de voz que los calificaba como “A” para formar parte del coro o como “B” para no hacerlo; “a mi me tocó el coro pero tuve una sensación de angustia, dejaba de ser algo como colectivo” manifestó. La tercera escena, aunque no personal, pero que consideró sería oportuna, consiste en que una persona que se dedica a la música vino de Salto a Montevideo para estudiar guitarra, aquí se encontró con otra persona conocida en la calle. Ese otro le dijo “Hola Pablito, ¿cómo estás?, te viniste de Paysandú. ¿qué estás haciendo?. El músico le dice “A estudiar guitarra”, el otro le demanda “¿pero estás trabajando?” como insistiéndole en que el hecho de estudiar música es algo secundario. Esto para Mónica está relacionado con “el lugar que le damos al placer y a lo sorpresivo”.

La acción se dividió en tres tiempos. El primero tendría relación con el “placer de la música”, al decir de Mónica; el segundo con lo “que se fue ensombreciendo por la maestra” y el tercero con “quien viene de afuera a estudiar”. De modo que para desarrollar el primer tiempo, Rasia convocó a todo el público a que cantara la canción “La vaca estudiosa”. Así fue. Claudia, representando a Mónica, iba de aquí para allá, sonriente, abrazando a sus compañeros de jardín y derrochando alegría al tiempo que decía “vamos a cantar todos juntos”. En el segundo tiempo, ella junto a otros se encuentra en la prueba de voz que realiza una maestra. Entre jugueteos y cantos todos intentan probar sus voces entre sí en medio de un clima divertido; en un momento la maestra les solicita a los niños que armen fila para la prueba y agrega “quiero voces gospel, se canta acá” (dijo señalando el micrófono). Primero Claudia, representando a Mónica, comenzó cantando las primeras estrofas del himno nacional, presumiendo con un “tengo muchos ritmos”. De inmediato la maestra la designó para el coro. Otro actor que estaba junto a ella le dijo a la maestra “yo puedo ir al “A” porque somos amigos desde el jardín y no nos separa nadie”, pero al ser clasificado como “B” reapareció en escena diciendo “yo nunca vine, quiero entrar a la “A”. La maestra preocupada dijo “A fin de año hay que mostrar algo como la gente”. Finalmente se generó un barullo tal que la maestra ordenó “juntitos, caminan hacia allá, cantando, lo que quieran pero bien. Chau, chau, ¡no vuelvan nunca más! Estallaron las risas por todas partes, la unión entre los niños y su afán de seguir estando juntos pudo más.

En el tercer tiempo de la acción uno de los actores se ubicó en el rol de Pablito, aquel que venía del interior a Montevideo para estudiar música. Se encontró con otro que tras saludarlo, le preguntó “¿Cómo te viniste?”; “en ómnibus” le contestó. “Pero, ¿no estabas en Salto?”; “en Paysandú”, lo cual desató las risas de muchos porque recordamos que Mónica primero se refirió a que venía de Salto y la persona que se lo encuentra se refiere a Paysandú, de ahí la confusión. A continuación le preguntó a Pablito “¿Qué viniste a hacer?”, él contestó que a perfeccionarse en sus estudios de guitarra; la otra persona le reiteró la pregunta y le agregó “¿pero qué?, ¿estás trabajando?”. El rostro del actor que hacía de Pablito, demostró su confusión ante otro que no podía entender los caminos del arte.

Mónica agradeció y dijo que le gustó mucho la dramatización. Se solicitó un aplauso para los participantes del público.

Como cierre, la directora solicitó a los actores de la compañía que mostraran “flashes de lo que construimos hoy aquí entre todos”. Entonces, formando un círculo con las espaldas hacia el centro, los actores retomaron movimientos, gestos y palabras protagonistas. Y reapareció en escena una niña que decía “Largo por ancho es, es, es el área”, una voz femenina que pedía “dejá de mirar hombres”, la voz de una maestra que aconsejaba “va a estar mejor que vos y yo juntas”, la voz de un niño que decía “¿otra vez vamos a hablar?” y la niña que decía con entusiasmo “¡Vamos a armar la casita!”.

La actividad finalizó con un largo aplauso, dejando sus ecos en todos y cada uno de los presentes. Una jornada de aprendizajes compartidos, de vivencias nítidas y recuerdos confundidos con la emoción de cada historia; y un presente de desafíos constantes en el mundo del “enseñaje”[1].

Conducción: Rasia Friedler
Actuación: Analía Álvarez, Virginia Arzuaga, Gildas Clenet, Emiliano Duarte, Sebastián García.
Música: Gabriel Arioni

Montevideo, diciembre de 2008

[1] Según Pichon-Rivière, el ‘enseñaje’ implica una situación dialógica e interactiva de enseñanza y aprendizaje, que supera la mera trasmisión unidireccional o el adiestramiento informativo (educación ‘bancaria’- P. Freire, 1977) y que, por tanto, involucra una compleja trama de interacción múltiple en una situación concreta.

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