Crónica “Del Derecho y del Revés”

De sol se vestía una tarde que aunque entre demoras y atavíos se sabía el marco de un encuentro privilegiado. Entre los altos muros blancos y adoquines centenarios del Cabildo de Montevideo resonaban las vocecitas de los niños y niñas en su mayoría preescolares, que se iban sumando a la fiesta de todos. De ésta manera SaludArte presentaba “Del Derecho y del revés”, un espectáculo realizado en la semana de “El arte por los derechos de las niñas, los niños y adolescentes”. Una fiesta para seguir construyendo los Derechos de nuestra niñez, de allí sigue brotando la necesidad de ejercitar la memoria en razón del respeto por los Derechos Humanos y celebrarlos también con los niños que miran hacia arriba para encontrarse con nuestra mirada, sin olvidar lo gratificante de bajar a encontrar la suya.

Saliendo a escena, la presentación de cada actor despertaba atención en algunas caritas que aún buscaban su espacio en aquel patio, recuerdos que iban retornando desde ese tiempo de infancia, una manera de estar a la altura de la circunstancia. Sonrisas, algún empujoncito de más y unos simpáticos sombreritos de colores componían un crisol de niños y niñas de distintos sitios de la ciudad.

El primer actor en presentarse expuso su experiencia actuando con la Sinfónica Municipal en las escuelas y rescatando el valor del aprendizaje, un aprendizaje que se entremezcla con el deseo de conocer ¿de saber? Sí, y por qué no decirlo, el Derecho a saber, a conocer, a descubrir. Un Derecho que supieron ejercitar muchos niños en esta oportunidad irguiéndose de rodillitas para advertir la escena. La representación, mezcla entre el afán descubridor y el asombro ante lo nuevo en los rostros y las manos de los actores ante un instrumento musical, la magia de lo excepcional irrumpiendo en su mundo.

Con la siguiente actriz, el relato se centró en un drama lindante con lo cómico y lo despótico. Aludió a su inapetencia y costumbre de tirarle la carne que había en su plato a la gata por debajo de la mesa, con la variante de que ese día la gata no estaba debajo de la mesa. ¿No escuchan?, ¿no entienden que no quería comer? La operación de la mascota encubridora de la inapetencia de la niña no dio los resultados esperados ésta vez, ¿pero alguien le había escuchado? La interpretación capturó la posibilidad de decisión de los niños en situaciones en las que no son escuchados por los adultos, mucho menos entendidos. Las estrategias que con mayor o menor éxito esquivan el ojo atento de los padres.

Otra actriz relató su dificultad en encontrar una respuesta compleja de hallar cuando papá y mamá no se ponen de acuerdo. Cuando preguntar “papá, ¿puedo ir a …?” nos responde un “preguntale a tu madre” y al mismo tiempo mamá devuelve a que le preguntemos a papá y así en un círculo de nunca acabar. Derecho a encontrar respuestas en los adultos, que éstos no evadan constantemente las preguntas de los niños de forma estéril. En la representación, la huída de los padres, la niña encerrada entre la sorteada decisión. Derechos que implican responsabilidades, responsabilidad que debe partir de los adultos ¿cómo entender el ejemplo cuando no hay ejemplo?

La indiferencia, la dificultad de comunicarse de los niños con sus padres cuando están muy ocupados se hizo voz en el recuerdo la siguiente actriz, no importa cuánto grites, no importa la fuerza de las rabietas en ese momento y una representación que habló de quienes no son escuchados, más veces de lo que se cree.

Enfática incomodidad en la situación siguiente, una actriz denunciaba la molesta obligación de saludar a quien no se desea. Simple pero cruel si se ve con los ojos de la niña obligada por su padre a saludar a aquella señora desagradable que infunde poco menos que rechazo. En la actuación, la sujeción de un mandato se hace viva, contiene la posibilidad de salir del hábito y permitir un cambio en la costumbre.

El siguiente actor, su vivencia de la dificultad cuando los padres se separan y el sentimiento de encierro entre las decisiones de los adultos. Otra vez la distancia que media entre el deseo del niño y la comprensión de los adultos se alarga y tiene un dejo a suspensión en el altercado entre éstos últimos.

La conductora recordó un episodio de su vida escolar, el dolor de haber sido ridiculizada por una maestra por el hecho pintar el cielo de “colores incorrectos”: amarillo y verde. Con risas siniestras se iba ciñendo la escena que acentuaba la intención de ridiculizar a quien se atreve a crear algo más allá de lo que dictan las convenciones.

Ante la invitación de la conductora al público a participar de la propuesta con sus vivencias, de inmediato abundaron manitos levantadas y miradas con un brillo especial.

Los actores crearon figuras trazando el desconcierto de algunos de los niños que no sabían qué decir frente al micrófono. Muchos de los que se animaron a participar tuvieron palabras de aprecio para con lo realizado hasta el momento, tal vez creyeran que aquel momento que era el final. Probablemente la habituación al teatro convencional, donde los asistentes participan sólo como espectadores, haya hecho suponer que en aquel momento terminaba la función. En realidad aquel momento era como un segundo comienzo del espectáculo, ahora los protagonistas serían todos.

Luego de unos pocos minutos, la magia y la fantasía se encontraban en el relato de una niña que despertó la curiosidad de otros tantos con su declaración: ella hacía trucos. Algo así como un derecho a fantasear, soñar y crear tantas otras posibilidades con su imaginación. Fantasear con que la representación de los actores que simulaban un acto de magia, con varita, galera y conejos incluidos, era posible.

De mientras, se iban acercando cada vez más niños. Algunos, que en un inicio esperaban expectantes por la función, ya estaban entre los actores. Cuando menos, una historia más en escena; una niña contó que su hermanita menor la imitaba todo el tiempo. Pronto dos actrices la interpretaron. Una de ellas reproducía todo lo que la otra actriz hacía, como si fuera el reflejo de la otra, simulando los mismos atuendos y movimientos. De improviso, estallaron sonrisas por todas partes, con lo que pareció un contagio que llegó hasta los que se encontraban en la pared más distante de la escena.

Un niño expresó uno de sus problemas cotidianos: el olvido. Cada vez que quería comunicarle algo a su padre con suma urgencia, llegado el momento simplemente, olvidaba lo que le iba a decir. El nerviosismo y la tensión de esa palabra que no llegaba en una representación donde había algo más que decir. El derecho a la expresión de los niños, a manifestar sentimientos, deseos y pensamientos, cruzado con la inhibición, vacilación y preocupación. La palabra que se necesita como el aire y de pronto la confusión. La contradicción entre la memoria y la evanescencia, propio del fugaz paso por la infancia y no sólo por ella.

Una nueva historia se abrió paso entre las infantiles: una joven de quince años que un día se enamoró y quedó embarazada. Fue muy grande su dificultad de llevar su embarazado adelante ya que su propia familia le negó su apoyo, al punto de expulsarla de su casa. Aún así, realizó su anhelo, formó un hogar y descubrió que hay otros amigos en el mundo. En la representación, una actriz personificó a aquella novia vestida de sueños, irradiando alegría por su amor, enfrentada de pronto al abandono de su familia en un tono amenazante y cruel, y una decisión que marcó uno destino en su vida.

Una niña contó una historia en la que otra niña (Clara) era obligada por sus padres a trabajar sin poder ir a jugar ni a la escuela, mientras aquellos dormían y no cumplían con su responsabilidad para con su hija. La actriz que interpretó a Clara, se enlazó la moña con alegría justo cuando sus padres le increparon que fuera a trabajar limpiando vidrios de autos en una esquina. La sensibilidad de los otros niños ante la historia tomó su rumbo en un diálogo cómplice con Clara, cuando ésta fue remitida a trabajar en la calle, “¡ahora no te ven!, ¡andá a la escuela ahora!”, “¡dale, dale!”, “¡ponete la túnica, apurate!” le alentaban desde las primeras filas, con la ilusión de cambiar su suerte. Cuando los padres descubrieron las escapadas a la escuela de Clara decidieron llevarla a un orfanato, lo cual ella aceptó pues entendió que sería un lugar donde sus derechos a estudiar, a tener un hogar donde recibir protección y cuidados serían respetados. La participación tocó su punto alto en la vivencia de ésta historia, todos se sintieron coautores de la historia porque se encontraban en medio de ella. La posibilidad de cambiar situaciones injustas donde la explotación y el sufrimiento acicatean en la vida de los niños, llenó de sonrisas a todos los presentes.

En otra instancia, la conductora le preguntó a los niños cuáles eran los derechos humanos. Así, el derecho a aprender, a tener una familia, a ir a la escuela, se fueron añadiendo con vivacidad. Y lejos de resultar insólito, aquellos niños emplazaron el “derecho a que les lean cuentos” y por qué no, “a cantar” mientras en un rincón de la escena un niño se acercó al músico atraído por tantos instrumentos y con un visible interés de experimentar.

Los otros niños reclamaron (en nombre de un derecho) que los actores les narraran un cuento. A continuación se abrió la posibilidad de entrar en escena a todos aquellos que quisieran. Tras algunos falsos inicios de relatos, los niños comenzaron a corear “¡cuento, cuento!” al son de palmas, y así crearon un cuento donde la bruja se casó con el príncipe y donde el son de la marcha nupcial terminó para unos en un dulce sueño, mientras otros crearon, junto al músico, la ambientación musical de la escena.

Satisfechos, los pequeños actores no se fueron sin llevarse algo a cambio y como agradecimiento nos obsequiaron los simpáticos sombreritos con la inscripción de los derechos que ellos mismos realizaron y unas manitos de cartón en las que colocaron las responsabilidades implicadas por aquellos. Además nos dejaron la emoción de un encuentro memorable.

La risa, la preocupación, la sensibilidad, la comprensión, el aprendizaje y la participación. Tantos niños como emociones en aquel patio donde el sol se iba escabullendo de los muros; no así los recuerdos y la memoria que marca el respeto de los derechos de esos “locos bajitos” y de las y los jóvenes de nuestro país.

Noelia Traversa
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