Como si fuera la primera vez Por Carlos Santo

El título que tomo prestado de la película en la que Adam Sandler se enamora (perdidamente, como corresponde) de una cada mañana amnésica Drew Barrymore, y debe esforzarse por renovar el amor día tras día para conservar su objeto (parece mentira que sólo en ese caso pensemos en hacerlo, ¿no?), me viene estupendo para titular una crónica en la que trataré de sintetizar los preciosos noventa minutos de la actuación de uno de los elencos de SaludArte; gente inquieta e inquietante que bajo la consigna “Sexo en Uruguay: dichos y hechos”, sin otro respaldo que el esfuerzo de sus integrantes, que consiguieron convocar al Espacio Cultural de “La Spezia” a una treintena de héroes vencedores de la molicie, las dudas, el frío espantoso y la lluvia compañera que nos regalara agosto la noche del pasado viernes diez de agosto.

Hace unos días recibí la invitación por e-mail, y la distribuí entre mis very few. Una amiga me pidió: “Decime más”.
– “No puedo”, fue mi lacónica respuesta. Era verdad: anoche era mi primera vez; y como tal la disfruté, con la alegría, entrega, deleite, inocencia e inconciencia de la otra. (¡Upa!, se me escapó: un caballero no habla de esas cosas… ¿O sí?)

Si esto fuera una crítica de espectáculos, estuviera yo capacitado para tal labor, y tuvieras tú ganas de leer semejante cosa, podría decir, sin extremarme:

“Potente y sutil intervención al interior profundo de espectadores y/o actores, vehiculizada a través de un estupendo elenco que realiza un trabajo de improvisación dotado de creatividad, entrega, flexibilidad y frescura, cuya sencillez esconde una propuesta técnica muy seria y un entrenamiento largo, paciente y laborioso. El Teatro Espontáneo de SaludArte encarna una interesantísima propuesta artística que -sin renunciar al rigor técnico- reniega de los convencionalismos formales al prescindir de cualquier guión ajeno a lo que sucede en tiempo real en la mente y el corazón de los intérpretes. Por esta vía promueve en los espectadores una sensación de cómoda descontracción y pertenencia tales, que les sustraen del acartonamiento y pasividad con que llegan; llevándoles a participar con naturalidad, y a recordar que -en el fondo- siguen siendo aquellos estupendos seres humanos que resisten empecinadamente bajo sucesivas capas de disfraces y máscaras. Potencialmente peligroso, no deberían exponerse al mismo personas demasiado convencidas de sus ideas, ni de lo bien (o mal) que están.”

La propuesta de SaludArte es sencilla, pero no simple. El tema a tratar en estos encuentros puede ser cualquiera; siempre de interés en el plano humano. Una conducción muy suave, libre y promotora de libertad (más bien una facilitación indicativa) a cargo de la psicóloga Rasia Friedler, abre un “espectáculo” de teatrodanza-música que comienza en forma casi convencional. En un escenario casi absolutamente despojado, el elenco se va presentando de modo tal que, además de hacerlo, fundamenta los primeros episodios de la actuación teatral que se ejecutan improvisando microescenas sobre el aporte recién llegado y se congelan imprevistamente con un delicado toque sonoro de la conducción.

En la ocasión, abrió Analía con una anécdota personal en la que -por confundir sesos con sexo- el carnicero del barrio protagonizó un papelón de órdago. Alexandra trajo luego su recuerdo de conversaciones con su prima acerca de los grupos de masturbación a coro de hermanos y amigos; y Natalia su impresión de que el tema sexo no fluye, “…es algo que al tocarlo queda trancado… que tiene significados mezclados…”.

Lichi nos contó su origen campesino, hizo referencia a las prácticas de zoofilia por parte de jóvenes del campo; y aportó algunos conocidos detalles técnicos del acto venéreo con hembras porcinas, como el tema del viento a favor y el ladrillo en el lomo (del porcino). Llegado su turno, Gildas relató las placenteras (para ambas partes) sonoridades de sus vecinos de apartamento en sus frecuentes cópulas. Cerró la presentación Bruno, contando su desesperación al verse sorprendido en off-side por el inesperado y prematuro regreso de los padres y la hermanita de su novia.

Cada una de las interpretaciones reunió sendas dosis de un humor muy bienvenido por los espectadores. El sexo es cosa seria, que no es para andar hablando y menos con desconocidos, pero ya que nos metemos en el berenjenal, nos reímos y la cosa pasa mejor.

Así descrito, parecería no ser mucho más que un espectáculo presuntamente improvisado y escasamente estructurado. Sin embargo, a poco de andar, los supuestos espectadores se encuentran en la inicialmente incómoda posición de ser convocados a la acción. Invitados por la conductora a expresarse libremente acerca del tema del sexo en la vida cotidiana, los aún espectadores se mostraron en toda su uruguayez, esto es: no fríos, pero escasamente dispuestos (no quiero decir duros porque no es la palabra), entre sorprendidos, vergonzosos, tímidos, casi torpes.

La respuesta general al “¿Cómo se sienten? se resumió en “sorprendidos”, lo que motivó una invitación al elenco a crear una “escultura fluida” así bautizada. Al verse representados en escena (y -seguramentesentirse identificados), se fueron entregado a la dinámica; pero sin aflojar así nomás su prudente distancia.

Aparece el primer aporte, de la mano de alguien joven (caramba, qué coincidencia…”: “La propaganda sobre sexualidad siempre es de prevención y actúa en base al miedo… no deja espacio para el disfrute”. Se oyen otras voces, mezcladas, “Dobles mensajes, miedo”. Pregunta Rasia. ¿Miedo a qué? Se anima alguien más, menos joven pero igual de profundo: “A que nos vean sin máscara”. Otro: “A no ser “suficiente”, suficientemente apto, a no dar la talla del modelo general.”

Caramba con la gente cuando se anima a decir lo que piensa y siente.
A cambio de la entrega, el elenco nos regala una “Máquina de miedo”.

– ¿En qué nos diferenciamos de otros, en este tema, los uruguayos? pregunta ahora la facilitadora- conductora.

Va subiendo la edad de los ponentes y la complejidad de los discursos. Carlos I dice que “… los uruguayos somos diferentes de otros pueblos porque estamos llenos de pruritos… somos salvajes por falta de técnica… para los jóvenes el sexo es más “variado, intenso, rico“…”.

Empiezo a sentir que ninguno habla de sí sino de lo que hacen (mejor o peor) los demás, esquivando olímpicamente el compromiso del develar, de mostrarse. Uruguayos, uruguayos, dónde fuimos a parar… y eso que no estamos en los barrios más remotos de Colombes o Ámsterdam.

Sobreviene una danza espontánea inspirada en los aportes. Tras ella, el preopinante dobla la apuesta:
– “…el problema está en el maquillaje, en la máscara…”.
– ¿Todos nos maquillamos, nos ponemos máscaras?
– Si, todos, incluso los jóvenes, si bien no les pesan tanto ciertos “principios”, costumbres, ideologías, o las religiones. Son (insiste Carlos I en hablar de los demás) inconscientemente más “reales”.

Señala Marga, de unos cincuenta años bien llevados, que “…la religión ha sido muy negativa para la mujer, ya que creó la división entre mujeres buenas y malas según su actitud y actividad sexual”, y recordó el graffiti que dice que las niñas buenas van al Cielo y las malas a Punta del Este, a Paris, a New York… Se suceden una micro escena y un “baño musical”, en cuya presentación se pide al público que -mientras escucha y disfruta con los ojos cerrados- deje correr la mente en busca de algo que aportar, por ejemplo imágenes o anécdotas propias (se ve que no estaba yo tan desencaminado).

Los más jóvenes toman la iniciativa, y es el turno de Ximena de aportar su sorpresa y desconcierto cuando, a los once años, al haber encontrado a Mamá y Papá dando rienda suelta a sus mejores instintos, se desconcertó por su actitud y reconvención propinadas entre gestos avergonzados y tirarla al óbol. “¿De dónde pensás que saliste, nena?”, expectoraron los papis pescados con las manos no exactamente en la masa. Con frescura agrega: “Yo ni me había dado cuenta, pero su actitud me avivó” Y acota: “Vivimos pensando que los padres de uno no hacen “eso” ”.

Cuando se le piden datos, con toda espontaneidad los da: datos personales y de los demás “protagonistas” de la historia, absolutamente privados, propios, y que involucran su intimidad. Me cuesta creer que estoy en el mismo lugar de hace tres minutos. Así, se genera un nuevo libreto, y la escena “¡Pica!”, de Ximena, recibe su merecido estreno.

Después de la actuación aparece un aporte crítico respecto de la “oscuridad” o el “bajón” del “baño musical” recibido, y se le reclama otro “encare”, más orientado a la fluidez, al placer; lo cual desemboca en una micro escena bien a tono con lo sugerido. Marga insiste: quiere hablar de sexo entre adultos de su edad y mayores (“…otro tema del que “mejor” no se habla…”), de la aparente asociación sexo-edad (tal vez mejor decir de su ausencia o pérdida de aquél cuando ésta aumenta), de sexo pos-menopausia, del “dolorígeno” (des) enfoque de los jóvenes al respecto. Con poco más se armó la escena “Marga vive y lucha” (por buen sexo, agrego y la aplaudo.

Una pena que además del nombre no dijera el teléfono.  – ¿Cómo se sienten ahora? Oscar, entrado en años y lecturas, nos trae su alegato-arenga (“…debemos desinhibirnos, ver la vida de una forma sana y nueva…”. El lineazo voyeur (que no al protagonismo vital) incluye demandas de “… una mujer más femenina” (rasgo al parecer perdido en la competencia por la igualdad) “…que no se quiera comparar con el hombre…”. Se hizo evidente la tendencia de los uruguayos a analizar y pontificar mucho más que a -simple y humildemente- entregar la propia experiencia o convicción; cosa de la que – por otra parte- nadie se manifestó agraviado, salvo mi hasta ahora silenciada sensibilidad.

La pedrada de Óscar en las ya no tan quietas aguas de la concurrencia, provocó círculos que llegaron a la costa en la forma de la micro escena titulada “Un hombre y una mujer, en el mejor sentido de la palabra”, tras la cual se registró el primer aplauso de la noche; lo cual me lleva a reflexionar de qué modo el presunto público había perdido el rol pasivo, aceptando el desafío de participar de la obra. Y todo uruguayo de bien sabe que no hay que andar por la vida aplaudiéndose y dándose para adelante.

Es el turno de Carlos II (lo cual me deja el nada despreciable título de Carlos III, no sé si muy buen Rey pero sí estupendo brandy español), quien confesó haber sido llevado por lo sucedido a pensar que los paradigmas, los roles establecidos por la Sociedad cambian con ella, y ella con el tiempo; cerrando con una afirmación contundente: siempre es válido aquello de “…el tiempo que yo viví fue mejor que este”.

El último aporte en materia de libreto fue la presentación de una mujer que compartió una “carta de los lectores” de la revista Paula en la que una señora muy aseñorada se enojó con el hecho de haber sorprendido a una linda y joven mujer (¿robando? ¿fornicando al aire libre? ¿prostituyéndose? Nooooo) ¡MANEJANDO UN 116!!! ¡Dónde se ha visto, una mujer manejando un ómnibus, dónde iremos a parar!!! Así pues se completó el espectáculo, con la novedad de la incorporación de una señora del ex público convertido en coautor de la obra, quien se dio el gusto de subir al escenario a regalarnos su alegría y actuación en “El fin de los Tiempos”; tras lo cual el elenco llevó a cabo un “círculo sinóptico” de lo sucedido esa noche. El agradecimiento de SaludArte, y un cerrado aplauso mutuo dieron por finalizada la parte visible de esta intervención.

Sabe Dios -si es que existe y se ocupa de estas cosascuándo y cómo terminará (si es que lo hace alguna vez) dentro de nuestros cerebros y corazones. Gracias. Muchas. Si estuviste en La Spezia, por llegar hasta allí, desafiar al Tiempo y regalar tu tiempo, ideas y sentimientos.

Si no estuviste, por llegar hasta aquí en tu lectura. Te esperamos, siempre, en SaludArte. “Sexo en el Uruguay: dichos y hechos” Teatro-danza Espontáneo Conducción: Rasia Friedler Bailarines-actores: Analía Álvarez Gildas Clenet Alexandra Galcerán Natalia Ruibal Lichi Sánchez Música: Bruno Lucas Lugar: Espacio Cultural La Spezia Montevideo, agosto de 2007

Últimas Entradas