Balada para todos nosotros

Balada para todos nosotros

Balada para todos nosotros
Por Carlos Santo
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Hace unos días recibí una invitación. “Hola Carlos, ¿cómo estás? Este sábado 6 de noviembre de 15 y 30 a 16 y 30 hs vamos a hacer Teatro espontáneo, de forma honoraria, en el Centro Diurno del Hospital Vilardebó (Millán 2515) con los pacientes que están en proceso de rehabilitación. ¿Podrías hacer la crónica?”

– Ni loco me lo perdería, fue mi respuesta. Ya te escucho, lector, y me adelanto. ¡Gansoooo! Ganso no: pero obvio sí. Hay pocas formas de enfrentar el tema de la locura y la del humor es una. Otra es no tomarlo en serio, que no es lo mismo. Otra, esconderlo, negarlo, encerrarlo. Que en plural dice más. Y es más real.

Las mañanitas del Vilardebó tienen ese qué se yo, ¿viste?
Cambió la fecha por el 10 a las 10:30, para que hubiera más gente. Allá fui. Dejé a mi Compañera en el trabajo a las 9 y arranqué para el Vilardeusted (no tengo confianza para el voseo). El inmenso muro de piedra y reja, modesto símbolo de uno mucho mayor que no se ve pero está, me impresiona desde que era niño; y no ha dejado de hacerlo pese a mi cambio de tamaño (que no madurez). No era la primera vez que entraba por mi voluntad, pero igual me dio “cosita”, como se dice ahora.

El otro mundo empieza lindo: el jardín está cuidado y la glorieta es un lugar precioso. Me senté a tomar mate y sol, con la sola compañía de cinco perros que me dieron la pista de dónde estaba lo bueno. Ahí me empecé a dar cuenta de algo que después me rompería los ojos: es fácil alimentar el prejuicio, pero no distinguir un loco de nosotros. Se precisa una calavera para ser el Príncipe Hamlet y, sin uniforme o llaves en la mano, acá, cualquiera puede ser o no ser. Bueno, ta, cualquiera no, pero son pocos los que se les nota mucho y, aún esos, te quiero ver en la Ámsterdam para distinguirlos.

El Vilardebó no es la Colonia Etchepare. No hay aquí (al menos a la vista) nadie con medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos mediasuelas clavadas en los pies y una banderita de taxi libre en cada mano. Bueno, en realidad a la única que vi inventando realidades con unos trapos arriba, una banderita de Peñarol, una del otro cuadro y una celeste en la mano fue a Rosina, del elenco de SaludArte. Y todo el mundo feliz… coreando “Soooy Celesteeee! Cultura nacional, que le dicen.

Sentado al sol, escuchando radio con el celular en manos libres, confirmé otra cosa: la distancia para estar de un lado u otro de la reja es un delgado cablecito; única diferencia visible entre un interno y alguien enajenado del mundo, hablando “solo” por la calle o en el ómnibus. Sin embargo, unos somos up to date y a otros los guardan. Paradoja.

… y a vos te vi tan triste… ¡Vení! ¡Volá! ¡Sentí!…
La radio me aburrió y saqué un libro. Medio bailando, medio volando, llegó. Aire y ropa de inquilina de larga data en ambos mundos. Me vio, miró, observó, escrutó, sonrió y dijo: – “Lin Yutang”.

Sorprendido por la extraña invocación de un escritor chino no demasiado popular pero preferido de mi madre (que me dejó, demasiado temprano, tres de sus libros) recurrí a mi mejor soberbia intelectual, respondiendo:
– El tercer ojo.
Nueva sonrisa y dúplica: – Vos sos Lin Yutang.
A la fruta, pensé. Mi vanidad de escribidor quiso pedir cancha, pero obviamente esta señora no me lee en Internet y hasta yo puedo darme cuenta de eso.
– ¿Te parece?, atiné (¿?) a decir.
– Si.
– Y bueno, entonces sí.
– Y sos mi hijo.
-… Hoja en la tormenta de sentimientos que me provocó con tan poco, navegué lo mejor que pude aferrado al timón del cariño que me promovía aquella figura que, sin saberlo (¿?) me evocaba y provocaba tantas cosas. Pese a sonar a lo lejos, la alarma de un auto rompió la magia.
– “Está sonando la campana. Me voy, porque cuando eso pasa quiere decir que te puedo hacer daño”.

Se levantó, volvió a sonreír y me dejó, nuevamente solito, sin corso ni astronautas bailando alrededor, con un precioso hueco en el pecho.

Abrite a los amores que vamos a inventar…
Al rato llegó la Compañía. Luz había, cámara no (me hubiera gustado tener una para registrar las caritas del elenco mientras Rasia hacía la presentación). El salón quedó chico para la concurrencia, mayoritariamente de “Sala”, no de “Policlínica diurna”.

Acción. Los chicos se presentaron a través de historias propias de cada uno. Así empezó la hermosa usina humana que encienden los actores de SaludArte donde y cuando los llaman, a inventar realidades y mundos. Tan ilusorios, lindos, feos, risibles o tristes como todos.

Eugenio nos habló de su miedo, su impaciencia y sus ganas cuando, tres días antes, estrenando nariz roja en un Parque, recibió como devolución aplausos, sonrisas, abucheos y pedradas. No dijo indiferencia, pero seguro también hubo.

Valentina aportó un tema dolorosamente conocido para el público (la discriminación), en su caso, por distinta en el ser y el vestir. Tal vez por eso recogió las tímidas primeras muestras de reconocimiento.

Al presentarse nuestra Rosina como remolona matinal recibió también apoyos de la tribuna y se sintió un “Oh my God”, proveniente de alguien que -por su apariencia- bien podría haber sido del Equipo Técnico o una voluntaria. Era Rosina A. Ya llegará su momento.

El público empezó a participar mucho antes que lo habitual, a caballo de algunas compulsiones mal medicadas tal vez, o porque parece que en Uruguay hay que estar loco para desinhibirse y aceptar, sin más, el regalo de un tiempo-amor que te traen sin avisar, un miércoles de mañana, unos cuerdos con narices rojas, vestidos de negro y trapos.

Emiliano nos habló de su actitud ante la adversidad de verdad (su diabetes desde adolescente); y todos le dieron para adelante. No tan fácil la tuvo Gabriel, que cuando desenfundó su Busblues (forma refashion de decir que se gana la vida (y la Vida) cantando en los ómnibus) fue desafiado a “bluesear” “Vayan pelando la chaucha”. Arrugó, por supuesto.

Cerró Rasia, contando que -con unos amigos- invitaron, cada uno, a un desconocido de la calle a almorzar. Reflexionó acerca de cuánta falta nos haría ver a los desconocidos con menos distancia. Pronto revelaría el público que a conocidos, familiares y amigos también les calza la exhortación.

La mecánica del Teatro Espontáneo es simple: a cada historia aportada corresponde una réplica escénica. De a poquito, los chicos fueron despertando a las manos-palomas del público, que les llevaron el mensaje de que –cada vez más- estaban llegando a destino.

La conductora mueve la aguja y el tren pasa a rodar en terreno local.
– ¿Cómo se sienten?
– ¡Bieeeen! ¡Queremos más!!!
La escultura fluida “Queremos más” no se hizo esperar, pero se quedó en el “más”.

Desde el comienzo, A. participa activa y vehemente. Desde su afección tal vez, desde su necesidad de ser escuchada, seguro, me atrevo a decir. Cada vez que lo hace recibe un chistido de su uniformada acompañante. Acción => reacción. Espontánea expresión => educada represión. ¿Quién tiene razón? Yo sé. Pero estoy loco, así que no vale.

– ¿Otra sensación que les provoque lo que estamos haciendo?
– “El mar en las rocas”, descerraja R.. Atajá esa jabalina.

Nadie se paró a juzgar qué tan a cuento venía aquello. Son las reglas del juego, así que, a jugar. Nos dejaron a todos con la misma sensación: “tal cual”. Ya vas a entender. Quereme así, piantao, piantao, piantao…
Ya no hay que pedir que aporten. En el escenario se presenta a B. Tristeza, hija legítima de Don Encierro Terapéutico y Doña Distancia Afectiva. Canta bajito. Le pide a su Viejita “un poco de amor”. Sigue. “…domingo en la tarde, hora de visitas” (de suicidios por soledad, también, acoto) y, hablando de una sobrinita recién nacida, su canción susurra “te traje esta foto para que la veas…” ilustrándonos acerca de que también en el Vilardebook se etiqueta.

Ponete esta peluca de alondras, y volá…
V. propone el tema “Menstrué en la cama”.
Costó entender lo que decía y proponía.
Finalmente:
– ¿Y qué sentiste? – Miré y no sabía. Era como una bandera.
– ¿Mal?
– No. Sorpresa. Divertido.
La chancha representación no provocó campanarios pero sí risa entre esta gente, linda a su modo.
Loca ella, loco yo S., una abuela con tiempo entre estas paredes, nos cuenta la muy especial relación nacida entre ella y el enfermero J. que, cada mañana, demasiado temprano, la despierta para pincharle un dedo a causa de su diabetes; justo a ella que, aunque es grande, de puro descocada quisiera dormir un ratito más.

Nace así la escena “El torturador”, mote que, vaya a saber por qué, le dedicó. Sonriente, para más. Trepate a esta ternura de locos que hay en mí…

Es la hora de R. la del “Oh my God” cuando escuchó su nombre, la que sintió mar en las rocas ¿te acordás? Así se sintió (mar que envuelve, protege y abraza a sus rocas) ni bien la extraña onda expansiva del amor en escena le alcanzó el corazón. Tiene el alta.

Se quiere quedar, dice que para seguir ayudando, bañar a otras internadas de la Sala, compartir un tabaco. Algo pasa y siente que se va. Ahora. Le duele. Todo le duele. Su pasado de separación. Sus tres hijos sin ella. Ella sin sus tres hijos. Que le hayan robado hasta el tabaco en la Sala. Pero más que todo, hoy, le duele la idea de irse al mundo de allá sin que sus compitas de acá le den un recuerdo para llevarse.

No quiere cosas. Quiere que le canten, le sonrían, la abracen, le digan te quiero. Lo dice: “Me falta mucho amor… mucho… amor”. Le falta amor y se queja de ello.

Sale la escena “Madre sola con tres hijos”. Todos aplauden. R. llora. Gracias a Dios, no sola. Ni ella sola. Andrea le grita: “¡Con alegría, dale! Si no ¿qué recuerdo nos va a quedar? Y rubrica: ¡Mandame un Litio por teléfono!

La mágica locura tratar de revivir. Vení, volá, sentí… (las larairiraráaas…)

Lenta y silenciosamente, la mitad del público se ha ido escurriendo del salón. Detrás de mí, una fila de uniformes blancos observa en silencio. Cara de no cara. Profesionales. Al ser invitados a participar, a expresarse responden… Nada. Alguien les dice “No tienen por qué ser amables: pueden decir lo que sienten”. Silence II. Notemetás Reloaded. Un clásico en la terapéutica moderna: cordura y distancia. ¡Ay Patch, cuánta falta nos hacés!

Veloz, ávida de notoriedad, A. ocupa el vacío. Se va para el escenario, propone cantar y que los músicos improvisen. “La cantamos todos, ¿ta? Igual somos todos del Frente, ¿no?”.

No comment. Es tiempo de “La desaparecida”. Al parecer es una murga del Hospital, cuya canción habla (y no) de los homónimos famosos. …“¿En qué circunstancia desaparecieron? ¿Por qué no regresan a la realidad?…

Andá a saber, Andy. Andá a saber… qué es eso, dónde están; o quién está más lejos de ella. Fue entonces que nuestra Rosina salió con las banderas futboleras, y arrancó el coro celeste. Ya decía yo que era una locura festejar un cuarto puesto.

El público se retira en silencio, algunos saludan a los artistas, alguno quiere seguir cantando. ¿Tas loco? Son las 11:30. O tal vez no. Acabo de leer, escrito en una pared: “Es mejor brillar acá adentro que poder salir a buscar el sol”.

Montevideo, noviembre de 2010

Fundación SaludArte
Compañía de Teatro Espontáneo
Facilitadora: Rasia Friedler Actores: Eugenio Costa, Emiliano Duarte, Valentina Faggi, Rosina Piovani.
Músico: Gabriel Arioni
Crónica: Carlos Santos
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